La cuna vacía: El número que Chile no quiere mirar a los ojos

Los datos

1,03  Tasa de fecundidad Chile 2024 — la más baja de América Latina

2,1  Tasa de reemplazo necesaria para estabilidad poblacional

−29%  Caída en nacimientos entre 2013 y 2023

−11%  Caída adicional solo en el último año registrado

5,4  Tasa de fecundidad en Chile en 1960

  Por Jorge Luis Vergara Salas, enfermero UdeC, Mg Gestión y Dirección Estratégica en Salud USS

 —-  En 1960, la tasa global de fecundidad (TGF) en Chile era alta, alcanzando aproximadamente 5,5 hijos por mujer en edad fértil. La edad fértil se define convencionalmente como el periodo entre los 15 y 49 años, lapso en el que las mujeres son biológicamente capaces de concebir. Dicho de otra manera, en el Chile de 1960, cada mujer entre 15 y 49 años traía al mundo 5,4 hijos.  Hoy, esa cifra es 1,03. Si lo pensamos unos momentos, nos damos cuenta que en menos de setenta años, Chile pasó de ser un país con familias numerosas, casas llenas de niños  y colegios con lista de espera, a tener una de las tasas de fecundidad más bajas del planeta. No de América Latina. Del mundo. Y sin embargo, casi nadie habla de esto. Aparece como nota al pie en algún informe del INE, genera un par de columnas alarmistas cada cierto tiempo, y después vuelve el silencio. Más importante son las noticias de la política nacional e internacional. Es como si fuera un problema de otra generación, de otro gobierno, de otro Chile. Claramente, no lo es.

 El número que lo explica todo

Para que una sociedad, simplemente se mantenga estable —ni siquiera  crezca, solo no enferme— necesita una tasa de fecundidad de 2,1 hijos por mujer. Se llama tasa de reemplazo y es la línea entre una demografía sana y una en declive. Chile está en 1,03. Es decir, nos encontramos en casi la mitad de esa cifra ideal. Entre 2013 y 2023, los nacimientos cayeron un 29%. Sólo en el último año, un 11% adicional. Ya no es una tendencia. Es una caída en picada. ¿Por qué? La respuesta no tiene un solo villano. No es el feminismo, no es el individualismo, no es la tecnología ni las redes sociales, ni el que los jóvenes de hoy no quieran engendrar hijos, aunque todo eso tiene algo que ver. Es, más bien, la consecuencia lógica por  décadas de modernización acelerada sin que nadie construyera las condiciones para que esa modernización fuera compatible con criar hijos. El mercado laboral chileno penaliza a las madres. Hay crisis habitacional. Comprar una casa o departamento se ha vuelto prohibitivo.  Los arriendos se comen el sueldo de dos personas. Las salas cunas son un lujo o una lista de espera eterna. Con todo lo anterior, ¿le sorprende a alguien que la gente deje de tener hijos? «Una economía que no renueva su población activa no sólo envejece: se achica.»

Lo que viene para la economía

Chile se benefició durante décadas del que se puede denominar  «bono demográfico»: es decir, muchos jóvenes trabajando, pocos dependientes. Ese bono ya está vencido. Con una tasa de 1,03, la pirámide poblacional se da vuelta: muy pronto habrá más adultos mayores que jóvenes, y cada trabajador activo tendrá que cargar con un peso previsional y sanitario cada vez mayor. Las consecuencias concretas no son abstractas. En concreto, menos trabajadores significa menos producción, también menos recaudación tributaria y mayor déficit fiscal estructural. Chile podría caer en la misma trampa de crecimiento lento que afecta a Japón e Italia desde hace décadas: economías que técnicamente funcionan, pero que no crecen, no innovan y no generan oportunidades reales. Los sectores de la economía que hoy no lo ven venir van a tener sorpresas desagradables. El retail de consumo masivo, la industria educativa infantil, la construcción de vivienda familiar, la pediatría privada: todos van a contraerse. No por una crisis, sino por simple aritmética. Menos niños, menos demanda.

EL MERCADO LABORAL QUE SE PARTE EN DOS

En diez o quince años, en Chile va a ser un problema serio el  encontrar trabajadores jóvenes. Ya hay señales en la construcción, salud y tecnología. La escasez va a presionar los salarios al alza —lo cual suena bien— pero también va a encarecer los servicios y acelerar la automatización de una manera que no necesariamente beneficia a todos. La paradoja es inquietante: la automatización reemplazará empleos rutinarios justo cuando hay menos personas para hacer esos empleos, y al mismo tiempo necesitará muchos más profesionales calificados para diseñarla y operarla. Si Chile no invierte hoy en formación técnica y universitaria calificada y de calidad, va a tener que importar la mano de obra que no pudo crear.

Las pensiones y la salud: Dos sistemas bajo la misma presión

Si había un sistema que no necesitaba más presión, era el previsional. Pues bien, la demografía va a darle más de todos modos. Con menos cotizantes y más pensionados, el debate sobre la suficiencia de las jubilaciones —que ya es urgente— se tornará existencial. Una consecuencia que pocos quieren enunciar en voz alta: Chile va a tener que subir la edad de jubilación. No como castigo, sino como necesidad matemática. En salud, el cambio de perfil es igual de profundo. Los adultos mayores consumen entre tres y cinco veces más recursos de salud que los jóvenes. Las enfermedades crónicas —diabetes, hipertensión, cáncer, demencias— desplazarán a la pediatría como carga principal del sistema. El mal del Alzheimer y otras demencias, en particular será una crisis silenciosa y enormemente costosa. Si Chile no se anticipa esto construyendo infraestructura geriátrica y formando los especialistas necesarios, el sistema público puede colapsar antes de 2040. Y hay algo que pocas personas nombran con claridad: el cuidado de adultos mayores recae hoy, de forma desproporcionada, sobre mujeres de mediana edad. Muchas de ellas hijas únicas o con pocos hermanos. El círculo se cierra de manera cruel: las mismas condiciones que hoy empujan a las mujeres a tener menos hijos se van a agravar cuando tengan que cuidar a una generación más numerosa de ancianos.

 La vivienda y la educación que nadie esperaba

En veinte o treinta años, cuando la generación acomodada que compró sus casas, haya avanzado en edad  y envejezca, habrá una sobre oferta masiva de viviendas familiares grandes, especialmente en comunas periféricas. Los precios pueden caer con fuerza, erosionando el principal activo patrimonial de miles de familias chilenas. Lo que sí va a crecer —y ahí hay una oportunidad real— es el mercado de vivienda para adultos mayores, un segmento casi inexistente en Chile,  con  potencial de crecimiento enorme. En educación, el golpe ya llegó. La caída del 29% en nacimientos entre 2013 y 2023 ya se está materializando en jardines infantiles con matrícula en baja. En cinco a ocho años (2031- 2034) golpeará la educación básica; en quince (2041), las universidades. Chile va a tener que elegir entre concentrar recursos en menos establecimientos de mayor calidad o mantener una red dispersa y empobrecida. Solo una de esas opciones es sostenible.

 ¿Qué se puede hacer? La verdad sin anestesia

 No hay solución rápida. Ninguna. Cualquier política pública implementada hoy va a tardar entre cinco y siete años en verse reflejada en las tasas de natalidad. Lo que sí funciona —con evidencia internacional— es un paquete combinado: licencias parentales extendidas y transferibles al padre, salas cunas universales y gratuitas, vivienda asequible, flexibilidad laboral real, y pensiones dignas que eliminen el miedo al envejecimiento. Francia lleva cuarenta años con políticas pro natalistas consistentes y mantiene una tasa de 1,7, la más alta de Europa occidental. No llegó al 2,1, pero logró estabilizarse. Ese es el referente más honesto: no el milagro, sino la estabilización. La inmigración puede ayudar, y de hecho ya está ayudando. Pero integrar a los migrantes en el mercado formal —con reconocimiento de títulos reales, acceso a capacitación y sin discriminación— es un desafío político que Chile todavía no ha resuelto.

 ¿Y el 2,1? La respuesta que nadie quiere dar

Ningún país desarrollado que haya caído bajo el 1,5 ha logrado volver al 2,1. Es, ´pr ñp anterior que una cifra inalcanzable en Chile en el horizonte de este siglo. Un enfoque realista, si se implementan políticas públicas adecuadas, es estabilizar la tasa entre 1,5 y 1,8 antes de 2060, pero las medidas se deben complementar con inmigración inteligente y adaptar toda la estructura económica a una población más pequeña y más vieja. El período que vivimos ahora mismo es crítico. Lo que se haga —o no se haga— entre 2026 y 2030 va a determinar si Chile logra estabilizarse o si sigue cayendo hacia territorios demográficos de los que es muy difícil salir. La crisis de natalidad chilena no es un fallo moral de sus ciudadanos. En las encuestas, la mayoría de las parejas dice que quiere tener más hijos de los que tiene. El problema es la distancia entre ese deseo y la realidad de los arriendos imposibles, los contratos precarios, las salas cunas que no existen. En definitiva, la vida real le gana al deseo, y eso lo hicimos nosotros con nuestras decisiones —o con nuestra falta de ellas. El reloj no espera. Y los niños que no nacen hoy serán los trabajadores, enfermeros y cuidadores que faltarán en 2050. Las cunas, por ahora, siguen vacías.