Aún no llega el “18” y, de improviso, mi casa se llenó de santiaguinos. Unos tipos diciéndome “papá” acompañados por unas minas de pelo pintado amarillo, llegaron precedidos de unos mocosos gritando ¡abuelo! desde detrás de sus caras, embadurnadas con restos de unos postres que -apenas llegados- tomaron al asalto de mi refrigerador, y que devoraron “esperecidos”, sin cuchara. Agobiado, me excusé con una ida a la farmacia. Les dije “están en su casa”, y escapé rápidamente en busca del oasis del Cantabria, en donde me encontré con la sonrisa pacífica del “Cachito” Ventura.
Como toda ciudad es pequeña cuando se trata de copuchas, se sabía que lo echaron de casa, no porque su esposa se refiriera a la amante que él se había conseguido, como la querida, moza, manceba, perra, calurosa, barragana, zorra, concubina, sucursal, ronca, y otros innumerables etcéteras, sino porque él la corrigió, diciéndole que de acuerdo a la nueva ley Karin sobre acoso, desde ahora debería mencionarla sólo como la auxiliar… o asistente en labores conyugales.
Sorbió de un “cortado”. A su lado, en el suelo, reposaba una bolsa negra para basuras conteniendo sus efectos personales: “No es que fuera fea… pero era incómodo verla por las mañanas” espetó sin preámbulos: “Un mediodía le ofrecí excusas por haber llegado a las tres de la mañana, curao, con la cara rajuñá y un ojo en tinta”. Me respondió con insaciable cólera: ¡Vos llegaste curao nomás!
Guardó silencio, y bebió lentamente de su café: “¡Me tenía chato! Así es como tomé la decisión de recuperar íntegramente mi libertad… pero antes… corregir la mayor estupidez y crueldad que un hombre puede cometer, y que ocurrió el día del matrimonio en el que -a título de nada- junto al anillo de bodas y todos mis bienes, se la entregué como regalo para que alegrara sus amaneceres. Fui culpable. Sin reflexión alguna, cedí en la hembra un derecho de propiedad sobre mi mascota… una paseriforme de la familia Traupidae, o sea… una Diuca. Peor aún, había hecho de la mujer una esclavista… dueña de la vida, y árbitro de su muerte. El miedo a la tortura, o a la mutilación, había conseguido privar a la avecilla de su alegría. Así no iba a sobrevivir. Definitivamente, había sido condenada a reclusión perpetua por la fémina quien, apenas suscrita el acta matrimonial, decidió considerarla como una enemiga.”
Sorbió de la soda: “Lo que más me entristecía, era el sufrimiento de la pobrecita. Sentía su desesperación, cuando golpeaba la cabeza -rudamente- en los barrotes de su jaula. El miedo que la mujer le infundía, la inhibía de soltar el más mínimo trino matinal. Aterrorizada y encogida permanecía melancólica, marchitándose poco a poco. A ratos me entregaba a contemplarla. En ocasiones, abría las puertas de la prisión y la tomaba entre mis manos para acariciarla. Le hablaba. Le silbaba melodías para mitigar en algo su padecimiento. Pero nada. Su mutismo y sufrimiento aumentaban mi tormento. Un día cualquiera me rebelé, y tomé una viril decisión libertaria. Rompí la puerta de la jaula, y le devolví su antigua y preciada libertad a mi pobre Diuca. ¡Vuela… sé libre!, le grité, emocionado. ¡Y si por ahí recibes un peñascazo, sonaste nomás! ¡La libertad tiene sus riesgos p’oh!”
Sonrió con tristeza; “la libertad es una capacidad para actuar por voluntad propia, en especial, en las opciones para escoger. Para ejercerla, se requiere no estar dominado por la pasión ni la fuerza, o estar sometido a restricciones abusivas. Sin embargo, y a sabiendas de todo lo anterior, no sólo entregué mi propia libertad, sino que -en una torpe expresión de poder- privé a mi Diuca de su razonable derecho natural a jugar, saltar, travesear y solazarse en el nido que se le antojara.”
¡Paga tú el café! dijo el “Cachito”; “mi libertad -y la del pajarito- me costaron un peñascazo en los bolsillos. Igual… si no puedo cambiar el rumbo del viento.., aún puedo ajustar las velas ¿cierto?” Y se marchó a una remolienda en la que iba a celebrar su primer “18” en libertad.
* Jorge Retamal Villegas





