La Copia Feliz del Edén

El sujeto es parte de la camarilla de “amistaítas” del Café. Con todo desparpajo agarró una silla guacha y la instaló entre las nuestras. Casi al instante, y con una mirada sarcástica, el mesero puso ante él un vaso grande lleno con agua de la llave. No consume otra cosa. Cuando se le ofrece un café, se limita a golpearse suavemente la barriga como para indicar que anda delicadito de la “guata”. En el corrillo sabatino de conversadores, irónicamente le decimos que parece carne mechada, por la cantidad de hilachas que luce en su ajado vestuario. Pero ni la sorna lo conmueve porque, lo cierto, es que es más apretado que zunga de burro.

La esposa del menda es del tipo literal. Se cuenta que hace años, el pobre estaba con fiebre y la mujer le suministró analgésicos. Como el fármaco no decía “oralgésicos” se los dio en modo supositorio. ¡Pobrecito! Una semana “de guata” con el trasero al aire y abundante cremita. Por cierto, la cónyuge -terca, testaruda, tozuda y obstinada – se quejaba ante las del gremio, de la canallesca conducta del marido… un sujeto incapaz de agradecerle que la gripe no le hubiera pasado a influenza… gracias a los “analgésicos”.

¡Ya, cambié el tema por la miéchica! Porque esta nota no es para “pelambrear” sino para poner en tinta lo que ese sujeto interrumpió con su llegada… y que decía relación con lo desagradecidos que podemos llegar a ser, respecto de los cambios en nuestra sociedad: ¿Se ha fijado que ahora los bancos ya no ofrecen préstamos? No p’oh. Ahora otorgan beneficios. Eso se ve en nuestro país nomás. Ni una gota de usura en el negocio. En las pasadas Fiestas Patrias “mi” banco dio publicidad al siguiente beneficio: “¡No te quedes sin tu anticucho! Pide tu avance y págalo en cuotas.” (Verídico) ¿Qué tal? Anticuchos en cuotas. ¿En algún país del mundo se ve tanta solidaridad?

Para qué hablar de la oferta inmobiliaria. Corre publicidad por ahí que proclama que los departamentos “se pagan solos”. ¿Y entonces p’a qué los venden? De puro generosos que son quienes los construyen. Pero uno… siempre suspicaz. Se añaden los discursos políticos, que justifican los privilegios tributarios a un nicho de empresarios… porque estos instalarán empresas “para dar trabajo”. Un verdadero apostolado. Y yo que creía que las empresas se armaban para conseguir ganancias. ¡De puro mal pensado nomás! Ahora uno entra en cualquier oficina o negocio, y aparece un “patipelado” que pregunta ¿en que lo puedo ayudar? De golpe desapareció el antiguo y apreciado cliente o usuario de un servicio. Ahora somos gente humillada que necesita auxilio… que requiere ser ayudada. Pero nosotros, siempre desagradecidos.

Los políticos nos explican -con paciencia- que se gastaron un fuerte presupuesto para instalar una zanja en la frontera norte, a fin de impedir que pasara gente a territorio chileno. ¡Lo que es el avance científico! ¿Como fue que no se les ocurrió eso a los peruanos en la Guerra del Pacífico… para impedir que los chilenos ocuparan Lima? Con cara de “eureka” unos descubren que la natalidad bajó a menos de un cauro por pareja, y otros -con rostros abatidos- concluyen que criar a un chiquillo está siendo costoso. ¡No es cierto! Conocí a un fulano cuya polola le dijo que lo amaba y quería darle un hijo. El infeliz “agarró papa”… y estuvo veintiocho años entregándole la mitad del sueldo, con la que vivieron la madre, el hijo, y el “mino” de la mami… ¡no ve que el niño necesitaba de una figura paterna!

Con lo anterior queda demostrado que nuestra naturaleza humana es portadora de una ingenuidad hereditaria colectiva, en que simples palabras pueden construir realidades potentes. Por esto es que debiéramos examinar el discurso económico con aire crítico, toda vez que puede estar ocurriendo que un sector político haya empezado a promover el beneficio de los estornudos en la salud… y que un partido opuesto lo controvierta, señalando que lo salutífero provendrá de los laxantes. Cuando detecte esto, tenga por seguro que ambos bandos están coludidos en la fabricación de calzoncillos.
¡Permiso… ya vuelvo!

*   Jorge Retamal Villegas, escritor