Por Frano Giakoni Ramírez
Director del Magíster en Gestión Deportiva UNAB
Ángel Inostroza le dio a Chile su primer oro en eSports, en unos Juegos Sudamericanos, tras imponerse en el torneo de simulación de conducción (Sim Racing), y la reacción no se hizo esperar. Junto con los aplausos llegaron las bromas y una pregunta repetida hasta el cansancio: ¿Merece una medalla alguien que juega videojuegos? La duda es comprensible, pero se apoya en una imagen gastada: la del muchacho sedentario, con sobrepeso y encerrado frente a una pantalla. La ciencia del deporte lleva años mostrando que ese retrato no describe al jugador profesional.
Santa Fe 2026 sumó los eSports a su programa, al igual que la escalada, el surf y el softbol. Esa decisión obliga a precisar qué entendemos por deporte. Si hablamos de competencia reglada, entrenamiento sistemático, rendimiento medible y una institucionalidad que ordena la práctica, los deportes electrónicos cumplen cada condición. Si hablamos de exigencia física, conviene mirar con más calma. En la misma delegación chilena, compite en una disciplina de tiro Pamela Salman, de 61 años, y nadie cuestiona su condición de atleta. Su especialidad, como los eSports, no pide correr ni saltar. Pide precisión fina, control emocional, concentración sostenida y decisiones rápidas bajo presión. En el alto rendimiento, el esfuerzo más exigente no siempre es el más visible.
Los datos tampoco sostienen el estereotipo. Un estudio internacional publicado en 2022 en International Journal of Environmental Research and Public Health, evaluó a 260 jugadores profesionales de siete países, Chile entre ellos, y encontró que el 92,7% reportaba niveles moderados o altos de actividad física. Un trabajo anterior, publicado en International Journal of Morphology con jugadores profesionales españoles, concluyó que la mayoría tenía peso normal y descartó la obesidad como rasgo del grupo. Ambas investigaciones fueron encabezadas por investigadores UNAB. Sus resultados coinciden con los de Alemania, donde una encuesta a más de mil jugadores mostró que cerca de dos tercios cumplía las recomendaciones de actividad física.
Estos estudios tienen un límite que no debe esconderse: buena parte de sus datos proviene del autorreporte. Aun así, el patrón se repite, y el jugador de élite se parece mucho más a un deportista que a la caricatura que circula en redes. La explicación está en el propio rendimiento. Una revisión sistemática publicada en Brain Sciences reunió evidencia convergente sobre el vínculo entre ejercicio físico y las capacidades cognitivas que deciden una partida, como la atención, la memoria de trabajo, el tiempo de reacción y la toma de decisiones. Dicho de otro modo, el cuerpo sostiene al cerebro que compite. Un jugador profesional acumula largas jornadas sentado, con movimientos repetitivos que cargan muñecas, manos, cuello y espalda, además de alteraciones del sueño y un estrés competitivo comparable al de cualquier final.
Por eso necesita lo mismo que cualquier atleta: planificación de cargas, trabajo de fuerza y movilidad, recuperación, acompañamiento psicológico y control periódico de su salud. Ahí está el verdadero desafío para Chile. Celebrar la medalla y sumarla al medallero es lo fácil. Lo difícil es construir el sistema que permita repetirla, con organizaciones de reglas claras, protocolos de salud, entrenadores formados en ciencias del deporte y no sólo expertos en el juego, además de una institucionalidad capaz de distinguir la competencia de alto nivel del consumo recreativo. El deporte chileno arrastra la costumbre de contar medallas sin preguntarse qué estructura hay detrás, y los esports no deberían heredarla.
Si el sistema olímpico regional decidió reconocerlos, el país tiene la obligación de exigirles el mismo estándar técnico que a cualquier otra disciplina. La condición de atleta no depende del tamaño del gesto, sino de la búsqueda sistemática del rendimiento bajo reglas, con demandas físicas y mentales que deben evaluarse, entrenarse y cuidarse. Reconocer a los jugadores de esports como atletas no es una concesión a la moda ni a la industria del entretenimiento. Es asumir una responsabilidad, porque quien compite con la bandera merece la preparación, el resguardo y la seriedad profesional que el deporte moderno debe a todos sus protagonistas. El oro de Inostroza no cierra el debate, pero cambia la pregunta. Ya no importa tanto si los eSports son deporte. Importa si Chile está preparado para formarlos como tal.





