Valparaíso 1972 | Entrega 2 de 12

En el país las cosas se precipitan. El gremio del Rodado anuncia un paro nacional; situación muy delicada, pues ellos abastecen de alimentos y materias primas a toda la población. Los dirigentes gremiales han sostenido varias reuniones con los líderes de oposición, situación que ha enervado al gobierno, lanzándoles fuertes diatribas. Y así el ambiente político comienza peligrosamente a polarizarse.

Rodolfo ordena su agenda de actividades. No puede faltar a los encuentros que había acordado con los hermanos Lozano. Quiere preparar con ellos su intervención en el Senado Académico. Considera que puede hacer tomar conciencia a la comunidad universitaria respecto de la importancia de asumir una postura institucional sobre la realidad que vive el país.

Nuevamente recorre el camino de casa al negocio; baja los escalones y mira el paisaje que nunca deja de parecerle familiar y novedoso a la vez. Aun así, hubiese querido disponer del auto que siempre ocupa su hermano. Rodolfo lo utiliza tan sólo para ir a ver a sus padres a la ciudad de Quillota. Nunca ha sentido necesidad de usar el vehículo en Valparaíso; le apasiona caminar y recorrer cada rincón del puerto, pero esta vez el tiempo apremia. No desea dejar de cumplir la palabra empeñada.  

El país sigue viviendo momentos tensos; la polarización va en aumento.  Los dirigentes estudiantiles de la Federación comunican a todo el estudiantado que el Senado Académico tendrá una sesión especial, solicitada por ellos, para tratar la realidad nacional, además de votar la posibilidad de suspender las actividades académicas habituales y realizar claustros con todos los estamentos en cada una de las unidades académicas.

El objetivo de la mayoría de los estudiantes es que la Universidad adopte una postura que sea un aporte para el país y corolario de una reflexión y de acuerdos consensuados por la mayoría.

Cada uno de los grupos prepara a su gente más aventajada para intervenir en el Senado. Existe la convicción que allí se desarrollará un acto que influirá en los acontecimientos de la vida universitaria y del país.

Rodolfo y Patricio acuerdan encontrarse con Pedro y Sebastián en la Universidad.  Rodolfo expondrá la postura de uno de los grupos independientes que aspiran a presidir varios centros de alumnos.  El grupo está ansioso por escuchar la posición de don Lucho.
 Días atrás habían sostenido una reunión con el grupo de jóvenes que militan en partidos políticos y apoyan al Gobierno. Quieren insistir a sus compañeros para que escuchen sus argumentos respecto a la Universidad y el país. Desean persuadir a sus adversarios eventuales para que actúen con independencia de sus partidos políticos y logren una postura común frente a la realidad nacional.

Consecuentes con esa visión, habían aceptado de muy buenas ganas la invitación que los estudiantes de izquierda les hiciesen a ellos y al grupo demócrata cristiano para intercambiar ideas en la Peña de Osvaldo “Gitano” Ramírez. “El Gitano” es un talentoso creador musical de la Universidad de Chile y que compuso una bella canción de Valparaíso, donde logra transmitir como nadie el alma de la ciudad. Tuvieron, además, la fortuna de presenciar el estreno de una nueva canción del artista universitario, “Décadas”, pieza que retrata con gran lucidez los cambios vertiginosos producidos en Chile y en el mundo en el último tiempo.

A pesar que dialogaron intensamente por varias horas, con respeto por todos los argumentos exhibidos, no fue posible un cambio de posiciones. Para los jóvenes de izquierda el apoyo al gobierno es absoluto e incondicional; culpan a la derecha, “a los grupos reaccionarios que la apoyan” y a los Estados Unidos, “el imperialismo yanqui”, de la crisis del país.  No reconocen errores en el gobierno y consideran que debe seguir adelante con todas sus transformaciones revolucionarias. Los hermanos Lozano incluso hacen ver al grupo de izquierda que el gobierno ha incurrido en actos temerarios, donde no ha respetado su propia legalidad, como ha sido la confusa internación de armas del 11 de marzo que envió el gobierno cubano a su par chileno y que traía el jefe de investigaciones; acto denunciado por funcionarios de aduanas.

Quedan todos los grupos en sus respectivas posiciones y dispuestos a defenderlas con argumentos en el Senado Académico.

Rodolfo y Patricio entran a la Universidad por Avenida Brasil y suben los tres pisos que conducen al Salón de Honor, lugar de la reunión.  Allí están Pedro, Sebastián, Amalia, Sarita, Manuel y los demás miembros del grupo.

El Salón de Honor luce completo; están los representantes de los cuatro estamentos. No sólo la testera está copada, sino también el resto de la Sala y el piso superior de las graderías. El mundo universitario se ha congregado con entusiasmo. El Presidente del Senado Académico inicia la sesión y expone los objetivos de esta convocatoria especial solicitada por la Federación de Estudiantes.

Habla en primer lugar el Presidente de la Federación, quien en tono conciliador llama a la unidad, a evitar las confrontaciones callejeras y aunar esfuerzos que conduzcan a un diálogo fecundo.  Luego, se fueron sucediendo diferentes intervenciones de académicos, de estudiantes y de representantes de los funcionarios; aquéllos que tienen derecho a voz y aquéllos que también pueden votar.

Puede percibirse el dejo de preocupación en la mayoría de los participantes por lo que vive el país. Diferentes grados de perspicacia y claridad expuestas por los oradores, dan cuenta de una legítima posición por hacer que las autoridades tomen conciencia de lo que realmente acontece. Destaca la participación de Juan Carlos Bell, dirigente del movimiento gremial, quien realiza un encendido y lúcido discurso de la realidad del país y hace un ferviente llamado a que la Universidad se pronuncie convocando a un claustro extraordinario. A Rodolfo le parece el clima ideal para su intervención.

Pide la palabra y casi al mismo tiempo lo hace Luis Lugones.

El Presidente del Senado ofrece primero la palabra a don Lucho; el académico agradece el gesto protocolar de la autoridad, pero, gentilmente cede su lugar al estudiante.  Rodolfo hace un ademán negativo, pero, don Lucho insiste y lo insta a intervenir. Después de los diversos análisis, se votará respecto a si la Universidad entrará en reflexión para asumir una postura relativa a la realidad nacional o se continuará con la vida académica normal.

Rodolfo acerca el micrófono y expone su planteamiento.
-Universitarios todos.  Una de las banderas de lucha con que esta Universidad construyó e hizo posible la reforma del 67 fue su deseo de ser conciencia crítica de la sociedad y fruto de ello afianzó su autonomía académica y logró determinar que se eligieran las autoridades por la propia comunidad universitaria.

Esa aspiración ha sido olvidada. Resulta extraño, por decir lo menos, que los chilenos con la mayor responsabilidad de iluminar a sus hermanos sobre lo que se vive en el país, padezcan el síndrome del avestruz y se sumerjan en sus quehaceres académicos habituales como si no pasara nada. En este acto represento a un grupo significativo de alumnos ante los cuales he asumido el compromiso de pedir a las autoridades universitarias que cumplan el rol que por naturaleza les corresponde.

La Universidad es la instancia por excelencia de reflexión, de debate de ideas, pero también de una postura como resultado de esa misma actividad. De mis compañeros he recibido el mandato de manifestar la profunda preocupación de que en nuestra región comience a vivirse el clima de agitación y división que vive la capital.  Aquí, en Valparaíso, todos los estudiantes discutimos ideas y si marchamos lo hacemos de manera pacífica y sin desórdenes. La inquietud estudiantil debe ser iluminada por quienes se supone no sólo tienen una mayor experiencia, sino también los conocimientos y la sabiduría que es el estilo del oficio universitario.

Aquí, en esta sala, estimados universitarios, hay estudiantes de posiciones doctrinarias e ideológicas distintas y nos conocemos perfectamente. Ello implica que a diario nos saludemos, nos estrechemos la mano y compartamos similares afanes por la Universidad; en las reuniones discutimos, por cierto; con pasión, con entusiasmo, pero con respeto por las ideas del otro y es nuestro deseo que esto tan valioso no se pierda.
Pero, ello corre el riesgo de perderse cuando este llamado que hacemos es desoído, es decir, si los académicos se niegan a brindar su palabra a la comunidad que representan. Solicitamos con urgencia que este claustro entregue una postura que ayude al país a superar la crisis por la que atraviesa-

Terminada la intervención, se produce un inquietante y largo silencio al que sigue un fuerte y sostenido aplauso.

 Luego el profesor Luis Lugones toma la palabra.

 -Resulta paradojal y conmueve, que sean los estudiantes quienes lideren una propuesta, que, por un imperativo ético, nos corresponde a los profesores, pero con humildad me sumo a sus reflexiones y a la solicitud que han expuesto.  Las autoridades políticas llamadas a dirigir la sociedad en pos de la unión y el progreso están enfocadas en una lucha que tiene dividido al país. El gobierno quiere imponer su visión revolucionaria a toda costa y la oposición que es mayoritaria no le da tregua ni cuartel.  Las autoridades religiosas lejos de orientar a la luz de la solidez de su doctrina, se abanderizan con algún bando haciendo más peligrosa la crisis.

Pero, la Universidad tiene la obligación de ser un faro que guía las inteligencias y los espíritus.  No es sólo un problema político.
Es la encrucijada de vivir en un país civilizado, democrático y de hermanos o una tierra asolada por la división y la violencia.  Si este Senado no tiene la inteligencia para ver el inicio de la pendiente por la que camina el país, que tenga la grandeza de espíritu para acordar que en la Universidad se inicie un periodo de reflexión para analizar la situación que se vive y así ofrecer a la ciudadanía el fruto de un estudio serio y acucioso que logre estar a la altura de los tiempos-

Don Lucho termina su exposición en medio de un aplauso atronador.
El Presidente del Senado con una seriedad mayor a la habitual, llama a votar.
-Distinguidos miembros del Senado Académico, pronunciarse a favor de que paralicemos la actividad académica o continuar con las actividades habituales-

La totalidad de los estudiantes inmediatamente alza su mano cuando el Presidente inquiere el pronunciamiento por la suspensión de actividades, a pesar que sólo los representantes oficiales tienen derecho a voto. El mismo impulso se refleja en la mayoría del estamento de obreros y empleados universitarios.  Sólo tres académicos levantan la mano.  La inmensa mayoría de sus colegas lo hace cuando el Presidente señala la alternativa de continuar las actividades académicas.  El voto académico tiene una ponderación mayor que el de los estudiantes y los funcionarios; además, el número de representantes de funcionarios y estudiantes es menor al de los académicos, por lo que triunfa la alternativa de no suspender las actividades normales.

Luis Lugones, haciendo uso de su derecho, toma la palabra y con voz grave truena: el país será testigo de la ceguera de mente y de la contumacia de espíritu que hoy hemos vivido. Este Claustro Académico ha perdido la gran oportunidad de brindar al país una voz firme y clara de lo que realmente vivimos los chilenos.  Hoy, aquí, en este acto la verdad -objetivo esencial de nuestro quehacer- ha sido eludida.

Termina de pronunciar la última palabra y se escucha una ovación que dura largos minutos. Los estudiantes se sienten abrumados; no lograron conseguir lo que pretendían de sus autoridades. Continuarán su lucha. Se prepararán para enfrentar las dos elecciones. Cifran en estas actividades su esperanza de lograr revertir la postura oficial de la Universidad. El actual traspié lo ven como parte de un proceso que recién se inicia.

Monique abandona con sus compañeras el Restaurante de calle Uruguay que frecuenta dos veces por semana y aborda rápidamente el taxi que la llevará a su hotel. El chofer conoce de memoria la ruta; se detiene en calle Las Heras entre el Pasaje Chiloé e Independencia; allí se encuentra el departamento donde residen sus compañeras cuando actúan. Luego enfila por Pedro Montt en dirección al hotel Prat, lugar donde se hospeda. Ha tenido una noche llena de sensaciones; había hecho la rutina de ir al negocio con sus compañeras innumerables veces, pero esta vez fue diferente. La envuelve un aire de nostalgia y de ternura, el recuerdo del candoroso joven que la miraba embelesado y que le costaba articular palabras en su presencia; no puede dejar de recordar otros momentos que marcaron tristemente su vida. Enciende el tocadiscos y selecciona de su estante uno de los cuartetos para cuerdas del Sordo magnífico, que disfruta intensamente. Al mismo tiempo toma una de las dos Ciudadela, libros de cabecera que la acompañan cada madrugada y lee unas páginas del hombre de Lyon, que hablan de la amistad conmovedora de dos jardineros que aman su oficio y se tienen que separar.  Combina lo anterior con la lectura del escritor escocés, quien en su obra habla de la transformación de un galeno al irse a la gran ciudad. Abandona los textos, cierra los ojos y a pesar del cansancio, los recuerdos se agolpan en su mente y vuelve a revivir aquellos días que cambiaron su vida; se deja llevar por sus reminiscencias…

… La mañana está fresca, Monique baja las escaleras con su bolso cruzado en bandolera.  Mira su reloj y calcula que su clase de danza comenzará en poco más de una hora. Es el último año de estudios formales; años que ha disfrutado tanto como aprendido. Ha leído sin descanso obras literarias y de teatro. Siente que el arte es su vida.

 Le provoca, además, una gran alegría saber que la vida le ha regalado por años, un grupo de personas con una especial sensibilidad artística y humana. La invade una leve melancolía.
Decide no tomar el metro sino caminar hasta La Escuela de Artes y Danza, donde estudia y practica con gran pasión. Ha dedicado muchos años a su preparación, en actuación, danza y educación vocal.
 Recuerda que debe encontrarse con Antoine, su novio, justo después de la clase en el Café L’Etoile; apura el paso.

Hace tiempo que no camina por Paris, quizá no sea la ocasión, pero siente necesidad de hacerlo; cruza la avenida Mirabeau hasta la ribera derecha del Sena.  Mira el mítico río y piensa lo diferente que es del Támesis.  El Sena le parece un río angosto y amable pero imponente a la vez; sus ojos se posan sobre los Bateaux-mouches que se mecen en la orilla esperando a pasajeros habituales y turistas.

Recuerda que un compañero de danza le había hecho notar que las cuadras en París son irregulares, las hay largas y cortas, cosa que no ocurre en las otras capitales que conoce.  Cae en la cuenta al llegar a la esquina, que París tiene muchas puntas de diamante que dividen las direcciones y desorientan, a veces, a los turistas.

Una joven pareja norteamericana la detiene gentilmente y le pregunta en un francés casi inentendible cómo llegar a Les Invalides. Monique, sin dejar de sonreír, piensa para sí -cómo explicarles que París es una ciudad no muy grande y de fácil recorrido, que la Torre Eiffel se ve desde cualquier punto de la ciudad y que como un faro de hierro se yergue para orientar-.
Sin embargo, se sorprende, contestando automáticamente, lo que todo parisino responde a quien le pregunta una dirección: Camine recto y se encontrará a boca de jarro con el lugar. Al ver los ojos sonrientes y perdidos de los turistas, traduce al inglés lo que les había dicho tan coloquialmente.  Encontrarse a boca de jarro o de sopetón con un lugar siempre le pareció una manera muy graciosa de expresar la situación.

Sigue bordeando el Sena y cruza el puente; en la margen derecha se encuentra el Palacio del Louvre. Este Palacio real está situado entre los Jardines de las Tullerías y la Iglesia de Saint-Germain l’Auxerrois. Sus orígenes datan de la época medieval y ha experimentado diferentes cambios a partir del siglo XVI.

Piensa que este magnífico palacio, hoy museo, sigue -en pleno siglo XX- siendo el lugar donde el arte y la historia se encuentran y pareciera que la ciudad lo acoge y el palacio acoge a la ciudad. Aprecia, tal vez por primera vez de manera tan consciente, el equilibrio arquitectónico de París, su palpable armonía urbanística. Se alegra de ser parte de la ciudad. Mira de nuevo su reloj, respira aliviada, le quedan apenas algunos metros para llegar a su destino; de manera casi mecánica entra a la Escuela de Artes y Danza. Reina un ambiente semifestivo. Saluda con una sonrisa y mucho afecto a sus compañeros e inicia la grata rutina del saludo afectuoso e intenso. Todos responden sonrientes y con similar afecto. Luego se dirige al vestíbulo y se prepara para asistir a sus clases.

Tiempo después, Monique sale como siempre, revitalizada física y espiritualmente de su jornada. Emprende el viaje de vuelta al encuentro de Antoine.
Cruza el paso de las Tullerías, sin detenerse, pero sintiendo en la brisa que la rodea a su alrededor, la majestuosidad que tienen las proporciones de este gran espacio verde en forma de avenida.

Finalmente, llega frente al café L’Etoile y divisa a Antoine que la espera. Se detiene un instante y lo observa; le parece tan inserto en la ciudad.  Siente una extraña sensación, mezcla de placer, dulzura e inquietud; la de vivir en París y amar a Antoine. Saluda con suma gentileza a la mesera que le sonríe y acerca una silla a la mesa que comparte con su novio. El lugar -recinto que la complace plenamente- ha sido testigo de tantos encuentros con Antoine y donde han hecho planes de una vida en común permanente, a pesar que ambos tienen ocupaciones y oficios tan distintos. Él, médico recién titulado, deambula entre su incipiente consulta y el hospital Pitié Salpëtriére. Ella, a punto de terminar sus estudios, no concibe la vida sin Antoine y los cálidos encuentros en el Café.

Todo en el ambiente le resulta grato, la gente, los dependientes y la música siempre adecuada que envuelve sus palabras como en un arrullo. Nota cierta preocupación en el rostro enjuto del joven galeno y con sus ojos llenos de ternura pregunta qué sucede. -Debo volver al hospital, cielo, faltan colegas en los turnos de noche y no pude rehusarme- responde Antoine.  Una dulce y amplia sonrisa le devuelve Monique, que tiene un inmediato efecto tranquilizador en su novio. Acaricia suavemente su rubia cabellera y le pregunta si quiere que lo acompañe.  Él responde que no es necesario. -Disfruta un rato más el café, aún es temprano para que regreses a casa-  Dicho esto, Antoine se despide y abandona el lugar. Monique lo sigue con la mirada y observa cómo aborda rápidamente un taxi.

Casi sin darse cuenta se levanta de la mesa en ademán de seguir a su novio. Está sobresaltada, no se explica el temor que de repente la invade, pero poco a poco se tranquiliza y bebe su café, mientras repasa momentos intensos que la unen a Antoine, en especial aquella tarde en que ella lo espera en el anfiteatro de la Universidad. Él, llegará a darle directamente la noticia del resultado de su examen final. El internado había sido duro y con pocos momentos libres para compartir.  Se pasea lentamente; sus nervios están a punto de estallar por la incertidumbre. No sabe cómo ha llegado al proscenio, pero allí está caminando paso a paso, hasta que ve aparecer a Antoine con el rostro radiante de emoción; él, de un salto sube los escalones que lo separan de Monique, la toma fuertemente en sus brazos y giran besándose interminablemente.

La mesera saca abruptamente a Monique de sus ensoñaciones; le dice que tiene una llamada telefónica urgente; el corazón le da un vuelco y se dirige con desesperación a la cabina del Café.

Del otro lado de la línea se escucha la voz acongojada de un varón; es Jacques, colega y amigo de su novio. -Querida, Antoine tuvo un accidente-  Fue un golpe seco en la cabeza de Monique. ¿Cómo está? pregunta angustiada- No quiero engañarte, está mal; recibió de lleno el impacto de otro vehículo mientras venía en taxi- responde Jacques. Voy para allí de inmediato, replica Monique.

Rápidamente abandona el Café y aborda un taxi. Al hospital Salpetiérre por favor, ordena con la voz entrecortada. La cabeza le retumba, no puede pensar con claridad; el impacto de la noticia la ha dejado anonadada; había tenido esa sensación de zozobra cuando Antoine se despidió de ella, pero nunca pensó que se haría realidad.  Le hiere el alma que Antoine esté sufriendo y ella no pueda hacer nada para evitarlo. Las calles y avenidas que tantas veces ha recorrido le parecen extrañas e interminables.
Entra corriendo al Hospital y pregunta donde está Antoine; los funcionarios que la conocen, la acompañan al piso de las urgencias. Allí está Jacques con una cara que presagia lo peor.

-Lo siento tanto Monique, Antoine estaba muy mal, el equipo médico extremó sus esfuerzos, pero no fue posible recuperarlo; llegó inconsciente, sus signos vitales eran mínimos, no pudo reaccionar y dejó de respirar.  No tenía sentido ponerle respirador mecánico-
 Fue demasiado para ella escuchar que su Antoine no estaba vivo. Comienza a sentir blandas sus piernas e incapaces de sostenerla; su cabeza da mil vueltas, la envuelve la oscuridad; antes de perder la conciencia cree escuchar a Jacques pronunciar su nombre y sentir que la sostiene; se desmaya.

Despierta en una sala del mismo hospital; está sola; no sabe cuánto tiempo ha pasado; no logra asimilar la realidad; llora desconsoladamente y con una intensidad que atraviesa todo su cuerpo. Se siente débil y mareada; hace un esfuerzo y se baja de la cama para salir al pasillo.
Allí se encuentra con sus padres que la abrazan fuertemente. Hija, hija querida le dice su madre, ¿Cómo estás? Monique no responde y le devuelve una mirada perdida; ella comprende y guarda silencio; lo mismo hace su padre.

Le toca presenciar el llanto desgarrador de la madre de Antoine y el dolor intenso reflejado en el rostro de su esposo, quien abraza y sostiene a su mujer a punto de flaquear. Los tres se miran intensamente y permanecen abrazados largo rato.
Monique hace acopio de toda su entereza y se dispone a asumir junto a los padres de Antoine todo el ritual que significa despedirse de un ser querido. Logran que el hospital agilice los trámites legales y policiales; podrán disponer del cuerpo de Antoine en un plazo relativamente breve y así iniciar los ritos propios de las exequias.

 Los restos de Antoine son trasladados a la Iglesia Notre Dame. En la histórica catedral gótica se realiza el velorio y se oficia la Misa Fúnebre concelebrada por varios sacerdotes, uno de los cuales era compañero de Colegio de Antoine. A pesar de la inmensa capacidad que tiene la Iglesia, se observa mucha gente y se ven pocos espacios vacíos, entre familiares, colegas, amigos de las dos familias que sienten la pérdida del joven médico que con tanta pasión se dedicaba a su labor. Después de la ceremonia religiosa, el programa contempla los discursos de despedida. Habla el sacerdote de la familia, un compañero de promoción y el director del hospital donde Antoine trabajaba. Todos coinciden en alabar las virtudes del joven médico que los deja a tan temprana edad. Monique sigue con respeto y estoicismo todo el ceremonial sin derramar una lágrima, aunque sus facciones denotan el profundo dolor que la embarga.

El funeral será en Grenoble, pues ambas familias son nativas de la ciudad alpina. Han decidido que el trayecto sea por carretera. Debido a la distancia, la ceremonia en el cementerio Saint.Roch, se hará en un ambiente íntimo con los más cercanos a las familias.

Después de varias horas ininterrumpidas, el cortejo hace su entrada en el cementerio local. El sacerdote oficia un responso final que es seguido por los asistentes en silencio y recogimiento. Llanto contenido en los padres de Antoine. A continuación, el cuerpo es depositado en la Bóveda familiar.  Monique dice a sus padres que permanecerá un rato en la Cripta; ellos asienten, se dirigen a su auto y se disponen a esperar. Los acompaña Ivette, la mejor amiga de su hija.

Monique se abandona a su tristeza; había mostrado una fortaleza a toda prueba, pero su resistencia cede y un dolor insoportable la atraviesa. No supo cuánto tiempo estuvo así. Su madre con mucha ternura le susurra al oído que ya es muy tarde y tienen que abandonar el lugar. Monique como autómata sigue a su madre. En el camino de regreso, los padres de Monique le piden que vaya a casa con ellos, al menos un tiempo; ella accede, no sin antes preguntar a Ivette, si puede cuidar su departamento por un tiempo; su amiga la mira con hondo afecto, la abraza y le contesta que por supuesto.

 En Grenoble comienza a vivir una etapa de mutismo y encierro de la cual ni sus padres ni sus amigos logran hacer que supere. Pasan largos meses hasta que comunica a sus padres que desea viajar lejos y ha elegido Valparaíso. ¿Dónde es eso?  Pregunta su madre. Es una ciudad puerto que está en Chile, mamá. ¿Y por qué ese país y ese lugar, hija? inquiere su padre. Entre otras cosas porque Chile es un país de poetas, papá, responde Monique. Sus padres saben por lo que está pasando su hija y no oponen resistencia a sus dichos; tienen la convicción que les dirá sus motivos y están dispuestos a ayudarla.

Y así sucede al día siguiente. Monique pide a sus padres que se reúnan para hablar con ellos. Les ofrece disculpas por el comportamiento tan descortés que tuvo con ellos; sus padres sonríen, la abrazan y se disponen a escucharla. -Mamá, papá, es insoportable para mí el dolor que siento y me está consumiendo; Antoine no querría que termine de mala manera y por amor a él y a ustedes, necesito salir del estado en que me encuentro y así mi vida pueda retomar algún sentido. No deseo regresar a la capital porque me provocaría una angustia mayor; una calle, una avenida, un café, cada lugar y rincón de la ciudad hará que recuerde mi pérdida- Te entendemos hija y te apoyamos, cuenta con nosotros, dice su madre. Y quiero explicarles el por qué he escogido el sitio que les causó tanta extrañeza. Su padre sonríe y dice: es en el extremo del mundo hija querida, pero si es tu deseo, lo respetamos. Monique besa a su padre y se dispone a contarles su decisión. Ivette le ha ayudado con los lugares posibles de elegir. La idea siempre fue salir al extranjero, pero donde no fuese difícil de estar y encontrar un trabajo. Buenos Aires y Valparaíso aparecían como los sitios ideales para lo que deseaba. La capital argentina, una urbe en constante crecimiento, reunía todas las condiciones para estar allí; vida intensa de día y de noche y con perspectivas laborales, pero era muy similar a las capitales europeas. El principal puerto de Chile, en cambio, es una ciudad pequeña, pero con las oportunidades necesarias para vivir adecuadamente. Pues, si lo has decidido, te ayudaremos a preparar el viaje hija, le susurra su padre con mucho cariño. Su madre la mira con honda ternura y asiente.

Los recuerdos comienzan a desvanecerse y se duerme profundamente.

Han pasado las horas; no sabe cuánto tiempo ha estado dormida; está un tanto perdida, abre lentamente los ojos y la luz del atardecer primaveral que entra por la ventana la despierta del todo.  Extraña luz del crepúsculo piensa, con ese brillo sostenido que retiene el día y sin embargo ya anuncia la llegada de la noche. Finalmente se despeja y se estira perezosamente; se siente bien, con mucha energía, viva y dinámica.
Sentada al borde de la cama vuelve a cerrar los ojos y súbitamente cae en la cuenta que por vez primera puede enfrentar los recuerdos de los acontecimientos que la trajeron a Valparaíso, sin ese dolor agudo que la traspasaba y la sumía en la tristeza. Abre los ojos y siente un impulso irresistible por retornar a los suyos. Sonríe quedamente como hace mucho tiempo no lo hacía.

Al salir, se siente como despojada de esas sombras que siempre parecían envolverla y observa el brillo de esa calle sinuosa y estrecha que por tanto tiempo la ha acompañado. Contempla con un fulgor nuevo los mismos lugares que tantas veces apenas miró. Sus labios susurran pausadamente, Valparaíso, Valparaíso. El ensimismamiento parece llegar a su fin; siente que un aire fresco entra hasta lo más profundo de su ser y la envuelve en un nuevo impulso vital. Había caminado mil veces ese trayecto breve que media entre la calle Condell y la Plaza Victoria donde toma el Taxi que la lleva a su lugar de trabajo. Pero esta vez tiene otro sabor; le seduce la idea de hacer a pie todo el recorrido.

Había elegido Valparaíso no como una frontera de posibilidades o un puerto mítico como rezaba un anuncio, sino más bien como el fin del mundo, tal como señalaba otro aviso. La invade una sensación de calidez por la ciudad, que no había experimentado antes. Atraviesa la plaza y sigue por Independencia, donde un par de cuadras más adelante aparece imponente la Iglesia de los Padres Franceses, situada al lado del Colegio del mismo nombre y casi frente al Parque Italia. La fachada de esta Iglesia es de un estilo neo-románico y neo-gótico bizantino. Se detiene y observa la gruta a un costado de la Iglesia; decide entrar. No había imaginado que fuera tan hermosa por dentro, con los vitrales típicos de las iglesias góticas, con su altar mayor de mármol al igual que el púlpito. Aunque diferente, le hizo recordar la Iglesia de San Andrés en Grenoble; una Iglesia medieval, de un gótico lombardo y de grandes proporciones. Le sobreviene una honda paz interior que armoniza con el aire fresco que ha experimentado. Se sienta en una banca por un largo rato, como si algo estuviera asentándose en su cuerpo y en su espíritu. Contempla el hermoso Sagrario y reza una sencilla plegaria. Un fervor nuevo la invade. Se despide del recinto religioso con una oración de gratitud. Siente vivamente su transformación.

 Al salir, sigue la ruta del parque que la llevará al inicio de la calle Victoria. Le quedan tan sólo un par de cuadras para llegar a su destino. Cae la noche, Monique mira hacia arriba, a ese trozo de cielo oscuro dibujado caprichosamente por edificios silenciosos y dispares. Cree vislumbrar una estrella fugaz con un intenso resplandor y se pregunta si es el signo de aquello que los porteños llaman un mundo de infinitas posibilidades, para promocionar su ciudad.
Apenas faltan unos metros para llegar a su lugar de trabajo. Cruza la calle San Ignacio y se topa con el local situado al lado del Cine Rívoli. Abre la puerta lateral e ingresa al recinto; se escuchan voces y la música de ensayo de algún número de espectáculo. Sus compañeras la esperan y la acogen con la mayor de las sonrisas. Sus colegas de tantas jornadas vislumbran un fulgor nuevo en sus ojos y en su mirada y corren a abrazarla para que sienta que comparten con ella ese momento que no descifran del todo, aunque perciben un aire distinto que se refleja abiertamente. Todas sonrientes, se sumergen en el torbellino de los ensayos.

— FIN DE LA ENTREGA 2 —