En una jornada marcada por la alta tensión y la matemática exacta, el Gobierno logró salvar la primera gran valla para su proyecto estrella. Por un estrecho margen de 26 votos a favor, 23 en contra y una sola abstención —del senador Pedro Araya (PPD)—, la Sala del Senado aprobó en general el Plan de Reconstrucción Nacional, encendiendo las alarmas de una oposición que acusa intransigencia y un oficialismo que celebra el fin de un «letargo» económico.
El resultado no solo visó la idea de legislar esta «megareforma», sino que también amarró las normas de quórum especial contenidas en los artículos 14, 16 y 17, las cuales exigían justamente el piso mínimo de 26 respaldos que el Ejecutivo logró alinear con lo justo en el hemiciclo.
Tras este agónico triunfo, la iniciativa entra en su etapa más compleja: la discusión en particular. Los parlamentarios tendrán hasta el lunes 6 al mediodía para presentar indicaciones y modificaciones al texto, el cual iniciará su desglose técnico y la batalla artículo por artículo en la Comisión de Hacienda, para luego ser revisado consecutivamente por las comisiones de Medio Ambiente y Trabajo.

Desde el ala izquierda del Congreso, la lectura del resultado no fue de derrota, sino de advertencia. Las críticas apuntaron directamente al corazón del modelo económico que propone el Plan y a una supuesta nula voluntad de diálogo por parte del Ejecutivo. El senador Diego Ibáñez (FA) arremetió con dureza, señalando que la votación consagra el triunfo de una «mayoría circunstancial» y de la obstinación del Ministro Quiroz por sobre el diseño de políticas transversales.
«Hicimos todos los intentos, entregamos propuestas, queríamos levantar una mesa técnica, pero se nos negó cualquier espacio de incidencia real. Este proyecto le hace mal a la clase media y está pensado solo en las grandes empresas. Hoy la familia chilena no gana nada más que la ilusión de que algún día, en 10 años más, los grandes empresarios van a beneficiar su bolsillo».
En una línea idéntica, la senadora Daniella Cicardini (PS) calificó la jornada como un día de «malas noticias» para las pymes y los sectores vulnerables, acusando al oficialismo de desempolvar recetas obsoletas.
«Triunfó la imposición de un modelo ideológico. La lógica del chorreo ya se implementó en Chile en los años 80, profundizó la pobreza y dejó niveles de desempleo brutales. Chile tiene que crecer, pero ese crecimiento no puede quedarse solo en el 1% más rico».
En la otra vereda, las fuerzas oficialistas y de derecha cerraron filas en torno al proyecto. Aunque reconocieron que el tablero quedó excesivamente ajustado, insistieron en que este es el puntapié inicial para destrabar el desarrollo del país. El senador Javier Macaya (UDI) defendió la urgencia de la reforma como un shock de confianza para los mercados y el emprendimiento local:
«Hemos dado el primer paso. Nos habría gustado una mayoría más sustancial, pero hay un eco profundo en la clase política de que Chile debe salir de un marasmo de 15 años de incapacidad de seguir creciendo. Este proyecto le cambia el ambiente al país tras décadas donde lo único que hemos hecho es asfixiar el emprendimiento», señaló, aprovechando además de emplazar a la centroizquierda a «no seguir siendo el vagón de cola de las ideas de la extrema izquierda».
Por su parte, desde el Partido Republicano, el senador Rodolfo Carter puso una dosis de pragmatismo histórico sobre la mesa. Recordó que la tramitación «apenas está terminando el fin del principio» y apeló a la nostalgia de la centroizquierda moderada, argumentando que el espíritu del proyecto busca retornar a la estabilidad fiscal de mediados de la década de los 2000.
«Hablamos de volver al país del año 2005, incluso con un impuesto corporativo más alto que el que dispuso el expresidente Lagos, cuando las políticas públicas estaban financiadas, no había déficit y el Estado hacía bien su trabajo».
La moneda quedó en el aire. La victoria técnica es del Gobierno, pero el escenario político que se anticipa en las comisiones técnicas promete una guerra de trincheras donde cada voto volverá a disputarse al milímetro.
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