El dilema del estrecho de Ormuz: Entre el optimismo de Trump y la cautela de los mercados

«¡Arranquen motores! ¡Que fluya el petróleo!». Con su habitual estilo directo y un punto de euforia, Donald Trump celebraba en sus redes sociales un hito geopolítico clave: el acuerdo con Irán para poner fin a las hostilidades y reabrir el estrecho de Ormuz. Sin embargo, el anuncio —lanzado incluso antes de que Teherán validara oficialmente el pacto— contrasta drásticamente con la realidad que se vive en alta mar. Aunque la firma oficial está programada para este viernes y la Casa Blanca promete una normalización «inmediata», el sector naviero prefiere mantener el freno de mano puesto.

La razón de este escepticismo es simple: el miedo. Tras un conflicto que dejó 46 ataques documentados por la Organización Marítima Internacional (OMI) y la trágica muerte de 14 marineros desde finales de febrero, las grandes compañías marítimas exigen certezas operativas antes de arriesgar sus flotas.

El fantasma de las minas y el embotellamiento logístico

Desde el Consejo Marítimo Internacional y del Báltico (Bimco), la principal voz del sector, califican la situación actual como «volátil» y critican la falta de letra chica en los anuncios políticos. Jakob Larsen, jefe de Seguridad de la entidad, advierte que no basta con un apretón de manos; se necesitan rutas comerciales certificadas como «libres de minas». Expertos del sector estiman que las labores de desminado podrían demorar entre 40 y 50 días, un plazo que choca de frente con la urgencia de Washington.

«Ambas partes del conflicto deben proporcionar garantías creíbles antes de que el tráfico se pueda reanudar por completo», señala Larsen.

A este desafío de seguridad se suma una pesadilla logística. Según datos de la consultora Windward, actualmente hay más de 500 buques varados en el Golfo Pérsico. Descongestionarlos y ordenar el tráfico marítimo tomará semanas. Además, el factor económico añade presión: aunque Irán ha prometido 60 días de tránsito gratuito, la agencia Fars ya adelantó que Teherán e Islamabad (en coordinación con Omán) comenzarán a cobrar peajes por «servicios de navegación» una vez cumplido ese plazo.

Un escepticismo global

El escepticismo no solo flota en los despachos de gigantes como la danesa Maersk o las japonesas Mitsui OSK y Nippon Yusen; también cala hondo en la diplomacia internacional. El G7 se ha mostrado reacio a celebrar antes de tiempo y exige conocer los detalles del acuerdo antes de comprometer recursos para el patrullaje. Incluso aliadas de perfil moderado, como la primera ministra italiana Giorgia Meloni, han condicionado su apoyo a un alto al fuego real en la región, salpicada por los recientes ataques de Israel en el Líbano.

Mientras Trump dibuja un escenario de reactivación instantánea, las voces de su propia administración llaman a la calma. Fuentes internas de la Casa Blanca confiesan que la normalización será un proceso escalonado, y que recuperar los volúmenes de carga previos a la escalada militar de febrero es un objetivo que se mide en meses, no en días. En el estrecho de Ormuz, la diplomacia va a una velocidad, pero la seguridad y la logística se mueven a otra.

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