Perú, con un récord latinoamericano de 35 postulantes al sillón presidencial y sobre 27 millones de ciudadanos convocados a sufragar de manera obligatoria, llega a las urnas en medio de una profunda crisis política, altos niveles de inseguridad y una creciente desconfianza hacia las instituciones. Más que unos simples comicios, lo que está en juego es la capacidad del sistema político del vecino país de recomponerse tras muchos años de inestabilidad. En la última década Perú ha tenido nada menos que 8 presidentes, lo que refleja un sistema político altamente volátil y fragmentado. La relación entre el Ejecutivo y el Congreso ha estado marcada por la confrontación constante, destituciones y crisis institucionales recurrentes. Y hoy, más del 70% de los electores declara no confiar en la democracia, lo que convierte esta elección en un termómetro del nivel de desgaste del modelo político.
La presencia ahora de 35 candidatos no sólo dificulta el análisis, sino que también evidencia una crisis estructural de representación. No hay liderazgos dominantes ni coaliciones sólidas, y las preferencias están bastante dispersas. Ningún candidato se acerca al 50% necesario para ganar en primera vuelta, ni siquiera logran rozar el 20%, lo que hace prácticamente inevitable un balotaje en junio. Incluso definir quiénes pasarán a esa segunda vuelta es hoy una incógnita. Todas las encuestas coinciden en que la elección está completamente abierta, pues las diferencias entre los candidatos mejor posicionados son mínimas, y que el top tres de quienes lideran las encuestas están a la derecha. Y los indecisos están en torno al 35 y 40 por ciento
En todo caso, las principales figuras en competencia provienen del espectro de la derecha, aunque con matices importantes. Keiko Fujimori, líder de Fuerza Popular, vuelve a competir por cuarta vez con un discurso centrado en el orden, la seguridad y la estabilidad institucional. Mantiene una base electoral sólida, pero también arrastra un alto nivel de rechazo asociado al legado de su padre, el exdictador Alberto Fujimori. Por su parte, Rafael López Aliaga representa una derecha más dura y conservadora, con un discurso enfocado en la mano dura contra la delincuencia y posiciones valóricas tradicionales. Su estilo confrontacional y sus propuestas radicales, como la deportación de migrantes en situación irregular, lo han mantenido en el centro del debate, especialmente en un contexto donde la inseguridad es una de las principales preocupaciones ciudadanas.
Sin embargo, una de las grandes sorpresas de la campaña ha sido el ascenso del humorista Carlos Álvarez, un outsider proveniente del mundo del espectáculo que ha logrado capitalizar el descontento ciudadano. Su discurso antipolítico y sus propuestas disruptivas lo posicionan como una alternativa de protesta frente a la clase dirigente tradicional. Su crecimiento refleja una tendencia clara: el electorado peruano no sólo busca soluciones, sino también castigar a quienes percibe como responsables de la crisis. Este fenómeno permite entender mejor la dinámica actual, más que una elección clásica, Perú vive una elección marcada por la búsqueda de orden en medio del caos. No se trata necesariamente de un giro hacia la derecha, sino de una reacción frente a la sensación de vacío de poder.
En paralelo, la izquierda peruana atraviesa uno de sus momentos más complejos. Tras el gobierno de Pedro Castillo, el sector ha quedado fragmentado y debilitado, sin una figura capaz de aglutinar el voto antisistema. Candidatos como Roberto Sánchez o Alfonso López Chau intentan captar ese espacio, pero con niveles de apoyo aún limitados. De hecho, parte de ese electorado parece haber migrado hacia opciones outsider, lo que reconfigura el mapa político tradicional.





