«La gratuidad no es gratis. Ignorar a los adultos tampoco». Columna de Nicolás Gagliardi

Cuando los recursos son escasos, es legítimo abrir el debate sobre cualquier política pública con el objetivo de garantizar su continuidad y sostenibilidad. En ese sentido, discutir los alcances de la gratuidad en la educación superior es una conversación válida.

Pero esta discusión también debiera ser una oportunidad para abordar un tema más profundo: las reales opciones de formación para los adultos en Chile.

La magnitud del desafío es evidente. En Chile cerca de cinco millones de personas mayores de 18 años no han completado la enseñanza media, lo que limita significativamente sus oportunidades laborales y de desarrollo personal.

Al mismo tiempo, el mercado laboral está siendo particularmente desafiante para los trabajadores de mayor edad. Distintos estudios muestran que quienes superan los 55 años enfrentan mayores dificultades de empleabilidad, mayor informalidad y tiempos más largos para encontrar trabajo. Un análisis del Observatorio del Contexto Económico de la Universidad Diego Portales muestra que el tiempo promedio de búsqueda de empleo para quienes superan los 55 años aumentó de 10 a 11,8 meses entre 2019 y 2025, reflejando una inserción laboral cada vez más compleja para este grupo etario.

En un país que envejece rápidamente y donde las trayectorias laborales son cada vez más largas, la educación a lo largo de la vida deja de ser un ideal y pasa a ser una necesidad país.

En ese contexto, más que seguir reduciendo el debate a la gratuidad —como ha ocurrido en la discusión pública chilena durante al menos una década—, urge ampliarlo. Es necesario repensar el rol del SENCE, fortalecer su articulación con la educación superior —especialmente la técnico-profesional—, potenciar sistemas como ChileValora para el reconocimiento de competencias laborales y avanzar en microcertificaciones, trayectorias formativas flexibles y educación a lo largo de la vida.

Esto implica también reconocer aprendizajes previos y experiencias laborales significativas, así como la realidad de miles de personas que se alejaron de la actividad laboral formal por tareas de cuidado —principalmente mujeres— y que hoy desean regresar, actualizar sus competencias y seguir aportando.

No abrir esta conversación también tiene un riesgo: termina siendo una forma de edadismo. La omisión invisibiliza a personas que todavía tienen energía, experiencia y ganas de contribuir al desarrollo del país.

Esta medida es vital para reconstruir Chile. Ampliar las oportunidades de formación para los adultos no debiera ser un tema secundario, sino una prioridad que generaría más empleo, más productividad y también más crecimiento para el país.


Nicolás Gagliardi Suazo

Miembro de la Red Iberoamericana

De Envejecimiento activo y saludable

Ries Gaudium

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