La Cumbre «Democracia Siempre» en Santiago de Chile, que se encuentra en desarrollo, ha reunido a líderes progresistas de la región y a Pedro Sánchez, presidente del Gobierno español. En su intervención, Sánchez lanzó una dura advertencia sobre una supuesta «coalición de intereses entre oligarcas y ultraderecha», una «internacional del odio y de la mentira» que, a su juicio, avanza peligrosamente en ambos continentes. Afirmó que «nos toca a nosotros, a gobiernos liderados por fuerzas progresistas, encabezar esa respuesta y nos toca hacerlo solos, si es necesario».
Sin embargo, las palabras del mandatario español, resonantes y categóricas, no pueden ser aisladas del contexto de su propia gestión y la situación política que enfrenta en su país. La pregunta que surge inevitablemente es:
¿Con qué autoridad moral se permite Pedro Sánchez dictar lecciones sobre amenazas a la democracia y el avance del extremismo, cuando su propio gobierno se asienta sobre cimientos tan cuestionables?
Es un hecho que el actual gobierno de Sánchez en España no es producto de una victoria electoral clara en las urnas. De hecho el electorado eligió mayoritariamente a Alberto Núñez Feijoo, presidente del opositor Partido Popular. La administración de la izquierda en el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), se ha configurado a través de pactos complejos y controvertidos, que muchos críticos han tildado de «gobierno Frankenstein», al incluir el apoyo de fuerzas separatistas catalanes, algunas de ellas con líderes prófugos de la justicia. Esta misma génesis genera serias dudas sobre la legitimidad democrática que él mismo Sánchez pregona defender.
Por si fuera poco, la sombra de la corrupción planea sobre el círculo más íntimo de Moncloa. Escándalos que involucran directamente a su esposa y a uno de sus colaboradores más cercanos, quien tuvo que renunciar a su cargo, han minado la confianza en la probidad de su administración. Si la corrupción es, como el mismo Presidente Boric señaló en la cumbre, un elemento que «socava la confianza en lo público y el Estado de Derecho», ¿cómo puede Sánchez ignorar las vigas en su propio ojo al señalar las motas en el ajeno?
Apuntar a una «internacional reaccionaria» y criticar a una «derecha tradicional» que, según él, ha «desertado de esa labor histórica y ha sucumbido al discurso y al marco impuesto por la ultraderecha», resulta cuanto menos irónico. Especialmente cuando su propio gobierno ha recurrido a alianzas que muchos consideran pragmáticas hasta el límite de lo ético, con tal de mantenerse en el poder, desafiando incluso principios de unidad nacional.
Cuando Sánchez habla de cuestiones domesticas chilenas comete un agravio a los residentes nacionales porque opina deliberadamente de nuestro país e interviene en los asuntos internos de una nación que le es absolutamente ajena. Un pecado diplomático, conocido por todos en política internacional.
En un foro donde se busca fortalecer la democracia y el multilateralismo, las intervenciones deberían ser un ejercicio de reflexión crítica y autocrítica. Cuando un líder político, cuya legitimidad y probidad están siendo cuestionadas en su propio país, alza la voz para sermonear a otros sobre los peligros que acechan la democracia, su mensaje pierde credibilidad y su autoridad moral se diluye.
La defensa de la democracia es un valor universal que trasciende fronteras ideológicas. Pero para ser un verdadero líder en esa defensa, se requiere una coherencia inquebrantable entre el discurso y la acción, una probidad intachable y una legitimidad que no deje lugar a dudas. La Cumbre «Democracia Siempre» está brindando un espacio para el diálogo, pero también está dejando en evidencia la necesidad de que quienes se erigen como guardianes de la democracia, primero barran su propia casa.
SOJ





