De Fernando Torres
Toxicólogo y director Escuela de Química y Farmacia UNAB
Cada vez que una culebra muerde a alguien, la reacción se repite: pánico, el animal muerto a palazos y alguna receta casera sobre la herida. Las tres respuestas son un error. La culebra chilena de cola larga y la de cola corta tienen veneno y dientes especializados en la parte posterior de la boca. Su mordedura puede causar dolor, inflamación progresiva y, en los casos más graves, necrosis, de modo que merece atención médica. Matar al animal, en cambio, no protege a nadie. Son especies protegidas, cumplen un rol en los ecosistemas y por lo general evitan el contacto con las personas.
Lo que sí hace daño son el torniquete, el corte en la herida y la succión, prácticas que circulan como saber popular y empeoran el cuadro. Corresponde lavar con agua y jabón, limitar el movimiento de la extremidad y llegar a un servicio de urgencia. Perder minutos intentando capturar la culebra para mostrarla tampoco ayuda, y todo lo demás sólo retrasa la atención. Existe además una deuda científica. Del veneno de la cola corta se sabe poco, y ese vacío suele interpretarse como señal de que es inofensiva.
Es una lectura equivocada: la falta de estudios obliga a ser más cauteloso, no menos. Hace falta investigar los venenos de nuestras especies nativas con la misma seriedad con que se les teme. Convivir con la fauna silvestre exige información. Si aparece una culebra en la casa, lo razonable es mantener la calma, alejar a niños y mascotas, abrirle una salida y llamar al SAG si no se va sola. El miedo es comprensible, pero las decisiones apresuradas son las que terminan en urgencia.





