De María Jesús Hald
Epidemióloga Facultad de Medicina UNAB
La muerte de una investigadora de un instituto que estudia la peste en Siberia reactivó una inquietud comprensible, pues el nombre de la enfermedad evoca una de las mayores catástrofes sanitarias de la historia. Evaluar el evento exige distinguir entre gravedad clínica, capacidad de transmisión y evidencia disponible. Confundirlas convierte una investigación epidemiológica en una alarma sin sustento. La causa de muerte aún no tiene confirmación oficial. Las autoridades rusas informan que no se han detectado patógenos peligrosos entre los contactos, y nada demuestra transmisión secundaria ni expansión internacional. El aislamiento responde a la necesidad de investigar y prevenir, no acredita un brote.
La peste neumónica compromete los pulmones y es muy letal sin tratamiento. Pero la letalidad mide cuántos enfermos fallecen, no con qué facilidad se propaga una infección. El SARS-CoV-2 circuló porque se transmitía desde personas sin síntomas y no existían vacunas ni tratamientos específicos. La peste neumónica requiere exposición respiratoria estrecha y cuenta con antibióticos y profilaxis para los contactos, lo que favorece su contención cuando la respuesta es oportuna.
Para Chile, los antecedentes no justifican alarma, pero sí revisar la preparación. Las enfermedades infrecuentes pueden quedar fuera de la sospecha clínica cuando varias generaciones de profesionales no han visto un caso. Preguntar por viajes, contacto con animales u ocupación puede adelantar una investigación que partiría tarde. La peste merece atención, no pánico. Sostener la vigilancia y comunicar con transparencia lo que se sabe y lo que no es la mejor protección ante amenazas poco habituales.





