En Iberoamérica vivimos más años, pero seguimos cuidando como si la vida terminara a los setenta. La “nueva longevidad”, tal como la plantean Cabaco et al. (2026) en *Longevidad con sentido* (Sinderesis), no es solo vivir más, sino vivir con salud, vínculos, participación y dignidad hasta el final. En ese escenario, el cuidador ya no puede seguir siendo una figura invisible, sobrecargada y precarizada: es urgente actualizar su rol para el siglo XXI.
Durante décadas, el cuidado de personas mayores ha recaído de manera desproporcionada en las mujeres, en el ámbito familiar y, con frecuencia, en condiciones de informalidad y sin reconocimiento social ni económico. Los datos regionales son claros: en América Latina y el Caribe, la demanda de cuidados a largo plazo crece más rápido que la oferta de trabajadores formados, mientras los cuidadores familiares enfrentan exhaustion físico y emocional, escasas oportunidades de formación y poco apoyo institucional.]
La nueva longevidad exige otro contrato social con el cuidado. No se trata solo de “aguantar más años”, sino de reorganizar la vida alrededor de la dependencia, la cronicidad y la vejez avanzada. Como señala el informe *¿Quién cuida?* (2025), los últimos años de vida solo adquieren verdadero valor cuando van acompañados de salud, dignidad y bienestar, y eso no es posible sin sistemas de cuidado resilientes y profesionales.
En este contexto, el cuidador del siglo XXI debe dejar de ser visto como un “recurso natural” de las familias para convertirse en un agente clave de los sistemas de salud y protección social. Eso implica, al menos, tres cambios estructurales:
1. Reconocimiento formal y derechos laborales.Los cuidadores remunerados necesitan contratos, salarios dignos, protección social y rutas de profesionalización. Los cuidadores no remunerados, por su parte, requieren reconocimiento explícito en las políticas públicas: licencias de cuidado, compensaciones económicas, acceso a formación y apoyo psicosocial. Sin esto, la nueva longevidad se construye sobre la explotación silenciosa de millones de personas, mayoritariamente mujeres.
2. Formación y acompañamiento técnico. Cuidar en la nueva longevidad no es solo “estar con” la persona mayor; implica manejar polifarmacia, demencias, tecnologías de telecuidado, prevención de caídas, apoyo emocional y trabajo en red con equipos de salud. Iberoamérica necesita programas masivos de capacitación, certificados y accesibles, que permitan a los cuidadores familiares y comunitarios ejercer su rol con seguridad y sin sentirse solos frente a la complejidad.
3. Corresponsabilidad social y de género. Mientras el cuidado siga siendo “cosa de mujeres” y “asunto privado de la familia”, ningún sistema de longevidad será sostenible. Es necesario avanzar hacia modelos de corresponsabilidad: Estados que financien y ordenen servicios de cuidado, comunidades que organicen redes de apoyo, empresas que faciliten licencias y horarios flexibles, y hombres que asuman su parte en el cuidado dentro de los hogares.
Desde la perspectiva de la nueva longevidad, el cuidador no es un apéndice del sistema, sino un agente de apoyo vital. En esta línea, ya se habla en la región de figuras como los “Agentes de Apoyo Vital”, propuestos desde red iberoamericanas de envejecimiento saludable ((RIES) que buscan integrar a cuidadores, vecinos, voluntarios y profesionales en una red capaz de sostener la vida en la vejez con sentido.
Para Chile, Argentina, México y otros países de la región, actualizar el rol del cuidador no es un lujo, es una condición para que la longevidad no se convierta en una condena de años adicionales de sufrimiento y abandono. Invertir en cuidado es invertir en economía, en reducción de desigualdades y en resiliencia frente a crisis sanitarias y sociales.
La pregunta que nos queda es simple y urgente: ¿queremos una nueva longevidad con dignidad, o una vejez masiva sin atención de calidad? La respuesta pasa, inevitablemente, por reconocer, formar y proteger a quienes hoy sostienen la vida de las personas mayores en Iberoamérica. Sin nuevos modelo de cuidados, no hay longevidad posible.
Dr Antonio Sánchez Cabaco especializado en psicología y gerontología
Catedrático de la Univerdidad Pontificia de Salamanca (España)
Presidente de RIES Gaudium





