Todos tenemos un doble en el mundo. Esa premisa odiosa y exasperante nos advierte que, en algún lugar —más cercano de lo que uno cree— aparecerá alguien que comparte nuestra misma cara, facciones o gestos; casi como esos gemelos resentidos de las películas que, por cierto, vendrán a atacarnos cuando menos lo pensemos con un machete de cocina. Es una verdad imperativa que nos atosiga y acorrala desde que somos apenas una exigua expectativa genética, fruto de un ADN que no elegimos, pero que nos marca y cataloga en esta realidad que nos tocó vivir. Para mí, por ejemplo, todas las guaguas —incluida mi última hija, con sus caras gordas e hinchadas— nacen igualitas al gran Winston Churchill, histórico ex primer ministro de Inglaterra, llegando al delirio de no saber si ponerles un chupete o un puro para que dejen de llorar.
“¡Es igual a su papá!”, “¡Se parece a la tía Lucy!”, “¡Mira la Rafaelita chica!”. Un suma y sigue de expresiones y frases que transforman a este pequeño ser que retoza en una cuna en la prolongación de otro, en un vampirismo de ternura que quiere extender su existencia a costa de la desgracia o la fortuna —dependiendo de la belleza— del que acaba de nacer. Ese ninguneo de la identidad propia nos obliga a enfundarnos la camiseta del equipo de los amores de quienes somos émulos del rostro, a ponernos los vestidos apolillados de la vieja tía que jura y rejura —con foto en sepia en mano— que la niña es una reencarnación suya y, lo más grave y categórico: a rotularnos para siempre con el nombre de aquel que clava la banderita del parecido en el monte ingenuo del que no se quiso parecer, como mi hermano mayor Roberto, que se jacta del cuestionable honor de que yo haya salido igualito a él.
De esto nadie se salva. En la casa, en el barrio y, con mayor frecuencia, en el colegio. Siempre nos encuentran parecidos a alguien o incluso a algo: el cabeza de martillo, Dumbo, Kike Morandé, el Pasita, Sergio Dalma. Todos crueles —aunque a veces ingeniosos— motes con los que unimos a una persona de manera inexorable con aquel que, por un bendito designio de la vida, comparte sus características. Vean los anuarios —a la usanza gringa— que están haciendo los colegios aspiracionales y se darán cuenta de cómo, bajo la foto púber, espinilluda y pecosa, siempre, siempre hay un comité creativo que hurgó en el subconsciente hasta encontrar, con mayor o menor dificultad, un parecido.
Apelando a los recuerdos de infancia, aún puedo evocar los tiempos en que miraba con resentimiento a un niño de mi edad en Constitución. Alto, rubio y de ojos azules, era igualito a Luis Miguel con el look de esa época, concentrando en él todas las miradas y suspiros femeninos. Cuando saltaba en su bicicross plateada, muchos pujaban para que se cayera y perdiera algo de su perfección o, por lo menos, hiciera el ridículo. Pero no: volvía más orondo que nunca, con el cabello al viento y portando una bufanda blanca, sospechosamente parecida a la que usaba el “Sol de México” cuando cantaba “Palabra de honor”. Lo vi todo un verano usándola y sudando a mares, pero lo justifico: la pinta era la pinta. Mi morbosidad y la tecnología se confabularon para buscar su estado actual en Facebook. Sigue siendo rubio, pero ahora se parece a Alfredo Lamadrid. Yo, sin mucha vergüenza, debo reconocer que tengo ojo de lince para encontrar parecidos. No se me escapa ninguno. En medio de tediosas horas de clase y trabajo, descubrí profesores Jirafales, magos Olis, Epidemias de Cachureos, Garfield, entre otros. Notable fue cuando acerté que un amigo y compañero de universidad largo y flaco, cuando lo vi salir de un arbusto donde buscaba una pelota, vestido entero de plomo, descubrí que era igualito a Bugs Bunny saliendo de su madriguera.
Lamentablemente, cierta pátina cultural —menos de la que yo quisiera— ha transformado este vicio de encontrar parecidos en un ejercicio de soledad. No pocas veces han pasado frente a mí verdaderas reencarnaciones de Bertrand Russell —un señor que vende pan en la esquina es igualito—, Bela Lugosi —atiende la verdulería del Santa Isabel de Huérfanos— Bertold Bretch —un simpático muchacho que atiende un almacén en mi barrio en Viña del Mar—, y jamás pude comentarlo con nadie. Sin ir más lejos, hace poco, en un banco de Apoquindo, vi a un hombre de frente amplia, pelo engominado y lentes de mica verdosa que era una copia calcada de Jean-Paul Sartre, adivinando por su expresión que la única otra cosa en común con el autor de La náusea era, precisamente, la náusea que le producían los detalles de la cartola que le había entregado recién su ejecutivo.
Lo problemático radica en aquellos que reniegan de su propia identidad y anhelan romper el anonimato, paradójicamente mezclándose con la apariencia, gestos y hasta la vida de algún personaje. Que lo digan las pobres víctimas ochenteras del concurso “El igualito a…”, los mismos que, azuzados algunos por la necesidad y otros por esposas y familiares ávidos de minicomponentes o meses de “Sabrosalsas” gratis, asistían a programas de televisión donde Don Francisco (A usted quién le dijo que se parecía) —y, en menor medida, el Pollo Fuentes o Enrique Maluenda— se hacían un festín a costa del minuto de fama que todos anhelamos.
Algunos incluso caen en la demencia de renunciar a su propia vida para asumir los hábitos perpetuos de aquellos a quienes creen parecerse. Casos emblemáticos son el autoproclamado doble de Marcelo Bielsa, quien no se pierde festivales de Viña, partidos eliminatorios o aglomeraciones mediáticas, siendo su única similitud con el gran DT rosarino el aspecto fofo, el cordel que sostiene los lentes y ese buzo azul que ya no da más de desteñido; tan desteñida como su propia personalidad, que se pierde en el límite caricaturesco entre la persona y el personaje. ¿Y qué me dicen del doble de Rafael Araneda? Compartí con él en una competencia universitaria y nunca perdió el sonsonete mientras hablaba conmigo, moviendo el lápiz de una mano a otra. Yo creo que se moría por usarlo como micrófono para entrevistarme.
Como conclusión, creo que debemos ser nosotros mismos. Encontrar nuestro yo interior, con sus miserias y grandezas, que a la larga hacen la madera de la que estamos hechos y nos permiten ser el mejor juez de uno: uno mismo. Dejemos a aquellas mentes afiebradas que, en su desesperación, superan los límites de lo creíble, apoderándose de la identidad de otro. Que lo diga Charles Chaplin, quien vio en el diario un concurso de dobles de su icónico personaje, Charlot. Como forma de humorada, se presentó anónimamente. Salió segundo.
* Rafael Martinez Lozano, Periodista





