Lo que comenzó como un reclamo pacífico en las calles de la provincia de Ciego de Ávila terminó en un estallido de furia simbólico y sin precedentes. La sede municipal del Partido Comunista de Cuba (PCC) en Morón fue el blanco de manifestantes indignados, quienes, agobiados por apagones interminables y una escasez de alimentos que no da tregua, atacaron el inmueble oficial, provocando un incendio con el mobiliario de la recepción y apedreando la fachada.
Un país al límite del colapso
Este inusual acto de rebeldía ocurre en una Cuba que parece asfixiada por una «tormenta perfecta». Con 9,6 millones de habitantes, la isla enfrenta su crisis económica más severa en décadas. El panorama se volvió crítico tras la caída de Nicolás Maduro en Venezuela —producto de una incursión estadounidense—, lo que cortó el suministro vital de crudo y dejó a La Habana bajo un severo bloqueo petrolero impuesto por Washington.
Pese a que el oficialismo intentó retomar el control mediante un «acto de reafirmación revolucionaria» frente a la sede dañada, el propio Miguel Díaz-Canel tuvo que reconocer el «malestar» social. No obstante, el mandatario fue tajante: aunque admite el impacto de la crisis energética, advirtió que para los actos vandálicos «no habrá impunidad».
Entre la represión y la diplomacia del Vaticano
Mientras el descontento se manifiesta cada noche con cacerolazos en la penumbra, las cifras de detenciones generan alarma. Según la ONG Cubalex, al menos 20 personas han sido arrestadas desde el 6 de marzo, sumándose a una lista que, de acuerdo con Justicia11J, aún mantiene a 760 ciudadanos tras las rejas por motivos políticos.
Sin embargo, en medio de la tensión, asoma una tenue luz diplomática. El Gobierno cubano confirmó que mantiene canales de diálogo abiertos con Estados Unidos para resolver sus diferencias. En paralelo, y bajo la histórica mediación del Vaticano, se ha iniciado un proceso de excarcelación de prisioneros de las históricas protestas del 11J, replicando el esquema de 2025 que permitió la liberación de más de 500 reclusos.
El asalto en Morón no es solo un hecho policial; es el síntoma de una sociedad que, entre la falta de combustible y el silencio de las cacerolas, parece haber perdido el miedo al único poder autorizado en la isla.
EO





