«Saber para decidir: ciencia aplicada e ingeniería como base estratégica del desarrollo nacional». Columna del Dr. Rolando Hernández Mellado

Cada vez que Chile enfrenta una decisión tecnológica estratégica, la discusión pública se concentra en el financiamiento, los plazos y la oportunidad política. Sin embargo, la pregunta decisiva rara vez se formula con claridad: ¿tenemos la capacidad científica y de ingeniería para comprender en profundidad aquello que estamos negociando?

No es un problema presupuestario. Es un problema estructural.

Un país no necesita producir todo lo que utiliza. Pero sí necesita comprender técnicamente todo lo que compra. Sin esa capacidad, la negociación se reduce al precio. Y el precio, en infraestructura crítica, suele ser la variable menos relevante en el largo plazo.

En energía, telecomunicaciones, datos, transporte o defensa, la asimetría de conocimiento es asimetría de poder. Si no contamos con masa crítica en ciencia aplicada, ingeniería avanzada y sistemas de medición independientes, dependemos inevitablemente de especificaciones, diagnósticos y validaciones realizadas por terceros.

Ese tipo de dependencia no se percibe de inmediato. Se manifiesta con el tiempo, cuando la arquitectura elegida condiciona interoperabilidad, costos futuros, resiliencia operacional y márgenes reales de decisión.

Cuando un país dispone de capacidades técnicas propias puede evaluar ciclo de vida, riesgos de ciberseguridad, dependencia tecnológica y escenarios alternativos. Puede exigir transferencia de conocimiento, participación local en operación y formación de capital humano asociado a cada proyecto. Puede discutir arquitectura, no solo contratos.

La diferencia no es académica. Es estratégica.

En este contexto, un instituto nacional de metrología robusto deja de ser un actor secundario. Medir es poder. Certificar estándares, verificar desempeño real y auditar equipamiento reduce asimetrías de información y fortalece la posición negociadora del Estado frente a proveedores globales.

Sin capacidad de medición independiente, el país confía. Con capacidad de medición, el país decide.

Las decisiones tecnológicas estructuran dependencias que duran décadas. No coinciden con ciclos políticos ni con horizontes presupuestarios anuales. Por eso deben evaluarse desde una perspectiva de competitividad sistémica y soberanía operativa.

Chile ha demostrado capacidad para formar profesionales de excelencia. El desafío ya no es formativo en sentido básico; es institucional. ¿Existe una arquitectura que conecte ciencia aplicada, ingeniería, industria y Estado en torno a proyectos estratégicos de largo plazo? ¿O seguimos abordando cada iniciativa como un evento aislado que no acumula capacidades?

La discusión reciente sobre infraestructura digital crítica —que ha generado legítimo interés público y debate político— es una señal de que el país enfrenta decisiones que exceden el corto plazo. Este tipo de coyunturas no debería dividirnos ideológicamente, sino impulsarnos a fortalecer nuestra base técnica común.

Reinstalar la ciencia aplicada y la ingeniería en el centro de la política pública no es una demanda sectorial. Es una condición para sostener competitividad en una economía donde la infraestructura tecnológica define productividad, seguridad y posicionamiento internacional.

Un país pequeño puede integrarse exitosamente a redes globales de alto valor. Pero solo si comprende la tecnología que adopta y desarrolla capacidades para evaluarla, adaptarla y, cuando sea necesario, cuestionarla.

En un entorno internacional cada vez más competitivo y fragmentado, la verdadera brecha no es de capital financiero. Es de capital técnico.

Y esa brecha, si no se corrige, terminará limitando silenciosamente todas las demás decisiones económicas y estratégicas del país

Rolando Hernández Mellado Astrofísico y Físico Aplicado

Doktor por la Universidad de Göttingen, Alemania

Ex-Asesor Científico en el Ministerio de Defensa Nacional

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