La discusión sobre cables submarinos suele abordarse como un asunto técnico de telecomunicaciones: capacidad, latencia, redundancia, costos y plazos. Sin embargo, en el contexto internacional actual, esta infraestructura ha adquirido una dimensión estratégica que trasciende lo sectorial.
Más del 95% del tráfico internacional de datos circula por cables submarinos. Sobre ellos descansan el comercio exterior, los sistemas financieros, la logística portuaria, la minería, la investigación científica, la operación energética y, crecientemente, los sistemas de inteligencia artificial. La infraestructura digital ya no es únicamente soporte de comunicaciones: es soporte de decisión, coordinación y soberanía operativa.
Para Chile, economía pequeña, altamente abierta y dependiente de flujos internacionales, la conectividad transpacífica no puede analizarse exclusivamente desde la lógica contractual o presupuestaria. Se inserta en un entorno global caracterizado por la competencia tecnológica y estratégica entre China y Estados Unidos, competencia que se manifiesta en infraestructura física, estándares tecnológicos, cadenas de suministro críticas, capacidad de cómputo y control de datos.
En este escenario, el riesgo no es simplemente elegir un proveedor. El riesgo es generar dependencias estructurales difíciles de revertir. La soberanía digital contemporánea no significa aislamiento ni repliegue; significa preservar grados de libertad estratégicos en un sistema internacional crecientemente tensionado.
La resiliencia digital no se mide solo en gigabits por segundo, sino en la capacidad del país para mantener continuidad operativa frente a crisis internacionales, conflictos geopolíticos, interrupciones logísticas o regímenes de sanciones. La experiencia reciente demuestra que las cadenas globales pueden fracturarse con rapidez; la infraestructura crítica debe diseñarse considerando ese escenario, no el de normalidad permanente.
El diseño de una arquitectura digital nacional debe considerar, al menos, cuatro principios: diversificación de rutas y proveedores, separación entre construcción y operación, auditorías técnicas independientes y gobernanza interministerial. La resiliencia no se logra solo con redundancia física, sino con diversidad estructural y capacidad efectiva de fiscalización.
Además, la dimensión territorial es clave. La proyección de conectividad hacia territorios insulares y extremos —como Rapa Nui, el Archipiélago Juan Fernández o la proyección antártica— no es únicamente una decisión de inclusión digital, sino también de afirmación soberana y presencia estratégica en el Pacífico Sur y el continente blanco.
En un horizonte de veinte años, la cuestión será aún más compleja. La infraestructura física se integrará con sistemas de inteligencia artificial, centros de datos de alto consumo energético y plataformas de análisis masivo de información. La pregunta ya no será solo quién transporta los datos, sino quién los procesa, bajo qué estándares de seguridad, bajo qué jurisdicción y con qué autonomía tecnológica.
En esa proyección, la conectividad se convierte en un subsistema crítico dentro de una arquitectura mayor que combina telecomunicaciones, energía, logística y defensa. Las decisiones actuales moldearán la estructura de dependencias futuras. En arquitectura estratégica, la omisión no es neutral: también configura vulnerabilidades.
Por ello, esta discusión excede al Ministerio de Transportes y Telecomunicaciones. Si bien su competencia técnica es indispensable, la infraestructura digital crítica involucra seguridad nacional, política exterior, economía, minería estratégica, energía y defensa. Su evaluación debe ser interministerial y orientada por criterios de Estado, no solo sectoriales.
Chile enfrenta así una decisión que no es meramente tecnológica. Es una decisión sobre su inserción estratégica en el sistema internacional, sobre la preservación de su autonomía operativa y sobre la arquitectura de su desarrollo futuro.
La infraestructura digital es hoy infraestructura estratégica: una decisión de seguridad nacional, además de satisfacer técnicamente y complementar una red logística regional de telecomunicaciones; en consecuencia, una decisión con clara dimensión geopolítica.
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Dr. Rolando Hernández Mellado
Físico Aplicado, Universidad de Göttingen
Ex-Asesor Científico en el Ministerio de Defensa Nacional





