La tragedia que hoy golpea a Penco y Lirquén tiene rostros y nombres, no solo cifras. Soy hija de un antiguo trabajador de la Fábrica de Vidrios Lirquén, un hombre que por más de 65 años construyó su vida y su hogar en esta zona. Hoy, esa historia de esfuerzo y la vida de una comunidad donde todos nos conocemos, ha sido reducida a escombros y cenizas.
Esta tragedia no es un desastre natural; es el síntoma de una planificación territorial que privilegia el riesgo industrial sobre la vida humana. Mientras los incendios forestales avanzan sin control, los vecinos de la población Vipla hemos sido testigos de una realidad desgarradora: el abandono.
Es incomprensible que el combate del fuego en sectores residenciales, donde familias ven peligrar el esfuerzo de toda una vida, sea suspendido para priorizar el resguardo de instalaciones industriales. En nuestro caso, el peligro de explosión por los más de 9.000 m3 de hidrógeno almacenados por la empresa Indura obligó a los equipos de emergencia -bomberos- a concentrar sus recursos allí, dejando a 121 viviendas de Vipla a merced de las llamas.
Ante esto, surgen preguntas urgentes que las autoridades y las empresas deben responder:
· Responsabilidad Privada: ¿Es justo que empresas privadas -de alto riesgo- como las plantas de hidrógeno o las forestales, no cuenten con sistemas autónomos de combate de incendios lo suficientemente robustos para no drenar los recursos de bomberos destinados a la población?
· Planificación Territorial: ¿Por qué se permite que las plantaciones de pinos lleguen hasta el borde de antiguas poblaciones? ¿Dónde están los cortafuegos legales que deberían protegernos?
· Prioridades Éticas: ¿Es aceptable que la comunidad quede desamparada porque el entorno se ha vuelto un «polvorín» debido a la actividad industrial y forestal que nos rodea?
Hoy, la destrucción de un pueblo completo no es solo responsabilidad del fuego, sino de un sistema que permite que el riesgo se acumule frente a nuestras puertas. Exigimos que la reconstrucción no sea solo de casas, sino de una normativa que impida que nuestras familias vuelvan a ser el «daño colateral» de la industria.
LINETTE GIBSON GRANDELLA
ARQUITECTA INDEPENDIENTE
EDICIÓN SOJ





