La experiencia reciente en la gestión de desastres naturales vuelve a evidenciar una constante del Estado chileno: un diseño institucional profundamente centralista que condiciona, cuando no limita, la eficacia, la pertinencia y la legitimidad de las respuestas públicas tanto en la fase de manejo de la emergencia como en los procesos de reconstrucción. Las decisiones estratégicas, la asignación de recursos y la definición de prioridades continúan concentrándose en el nivel central, reproduciendo una lógica vertical que tiende a homogeneizar realidades territoriales profundamente diversas, que no logra llegar a tiempo y oportunamente en muchos casos y que tiende a un déficit de empatia con las angustias y las percepciones de la ciudadanía en los territorios.
Este centralismo no solo ralentiza la acción pública en contextos críticos, sino que además impacta directamente en los flujos de gestión del desarrollo territorial. Desde la literatura clásica, se ha distinguido entre flujos de desarrollo exógeno, impulsados desde fuera del territorio generalmente desde el Estado central o grandes actores económicos, y flujos de desarrollo endógeno, construidos desde las capacidades locales, el capital social, la identidad productiva y el conocimiento situado. Autores como Sergio Boisier han sido claros en señalar que el desarrollo territorial no se “importa”, sino que se construye socialmente desde el territorio, mientras que Antonio Vázquez Barquero destaca que el desarrollo endógeno se sustenta en redes locales, aprendizaje colectivo e innovación arraigada en contextos específicos.
Los flujos exógenos, si bien pueden aportar recursos financieros, tecnología o rapidez operativa, suelen adolecer de un déficit de legitimidad social y de pertinencia territorial. En contraste, los flujos endógeno generan apropiación comunitaria, sostenibilidad en el tiempo y coherencia con los proyectos de vida locales. De ahí que los flujos de gestión mixtos, que articulan capacidades locales con apoyos externos, aparezcan como una alternativa virtuosa: combinan escala, recursos y conocimiento técnico con legitimidad, arraigo y control social.
Sin embargo, el problema de fondo persiste: el actual diseño institucional, en el marco de un proceso de descentralización inconcluso y de baja densidad, entrega escasas herramientas reales a los gobiernos regionales para conducir estos flujos de manera estratégica. Aun así, la experiencia reciente en la Región del Biobío muestra que el liderazgo político y la innovación en gobernanza pueden abrir caminos incluso en contextos restrictivos.
En ese sentido, el rol asumido por el Gobernador Regional Sergio Giacaman resulta particularmente relevante. Pese a las limitaciones estructurales, ha logrado aportar al proceso de reconstrucción al menos dos herramientas de alto valor público. En primer lugar, la construcción de una gobernanza multisectorial, integrando al mundo académico, los sectores productivos, la sociedad civil y actores públicos, orientada a diseñar y controlar un proceso de reconstrucción con una clara mirada endógena. Esta gobernanza no solo fortalece la legitimidad democrática del proceso, sino que incorpora criterios de infraestructura resiliente, sostenible e innovadora, alineados con los desafíos contemporáneos del desarrollo territorial.
En segundo término, la apertura de un espacio de colaboración efectiva para avanzar hacia un diseño de flujos de gestión mixtos, capaces de articular recursos exógenos con decisiones ancladas en las personas y comunidades del territorio. Este enfoque no solo humaniza la reconstrucción, sino que recoge los paradigmas de una gestión pública moderna: participación incidente, control social, pertinencia territorial y orientación al bien común.
En definitiva, los desastres naturales no solo tensionan la capacidad operativa del Estado, sino que desnudan sus debilidades estructurales. La reconstrucción puede convertirse en un mero ejercicio de reposición física o, por el contrario, en una oportunidad para reorientar el desarrollo desde el territorio. El camino del desarrollo endógeno articulado inteligentemente con apoyos externos no es solo más legítimo: es, a la larga, el único verdaderamente sostenible.
Augusto Parra Ahumada
Ingeniero Comercial
Postgrado en Ciencias Políticas, Diplomado en Gobierno y Gestión del Desarrollo Regional y Local
Presidente de la Fundación República en Marcha
EDITADO SOJ





