Descarbonización y cielo limpio: escasa productividad y compartir costos marcan el debate sobre reducir el CO 2 sin perder competitividad aérea.

La aviación global enfrenta su mayor desafío desde el inicio de la era del jet: cómo seguir conectando al mundo sin calentar el planeta. Mientras sectores como el transporte terrestre avanzan hacia una electrificación masiva, el aire impone sus propias reglas. La alta densidad energética necesaria para volar hace que las baterías sean, por ahora, un sueño lejano. En este escenario, los Combustibles Sostenibles de Aviación (SAF, por sus siglas en inglés) emergen no solo como una opción, sino como la única ruta realista hacia la descarbonización.

Sin embargo, el despliegue del SAF en Chile y la región se encuentra en una encrucijada donde la ambición climática colisiona con la realidad económica.

La brecha de costos: El principal enemigo

Hoy, el SAF es un bien de lujo en la industria energética: representa menos del 1% del consumo global. Su producción es escasa y su precio, prohibitivo.

«El SAF puede costar entre dos y cinco veces más que el combustible fósil, el cual ya representa cerca del 40% de los costos operativos de una aerolínea», advierte Johanna Cabrera, gerente de sostenibilidad de LATAM Airlines Group.

Para una región como América Latina, donde la aviación es un motor de conectividad y desarrollo, un aumento abrupto en los costos de combustible no es neutral; podría traducirse en una pérdida de competitividad y una menor accesibilidad para los pasajeros.

La estrategia chilena: Gradualismo vs. Mandatos europeos

A diferencia de Europa o el Reino Unido, que han optado por cuotas obligatorias por ley, Chile ha diseñado una Hoja de Ruta SAF 2050 más pragmática. El objetivo es ambicioso —que el 50% del combustible sea sostenible para mediados de siglo—, pero el camino es cauteloso.

Ángel Caviedes, del Ministerio de Energía, explica que la ausencia de mandatos obligatorios en Chile responde a la falta de escala industrial y al alto impacto económico. No obstante, el país no está de brazos cruzados. Se están explorando cinco rutas productivas identificadas por la OACI, que incluyen:

  • Aceite de cocina usado y residuos agrícolas/forestales.
  • Residuos sólidos municipales e Hidrógeno Verde combinado con CO₂.

Del laboratorio a la pista: El cuello de botella

Aunque existen pilotos académicos con aceite de camelina o plásticos reciclados, y pruebas conjuntas entre ENAP y aerolíneas, el salto a la producción comercial sigue siendo el gran «cuello de botella».

Para Cristóbal Correa, del programa Vuelo Limpio, la clave está en el concepto de drop-in: el SAF se puede mezclar con el combustible actual sin cambiar los motores. «Incluso mezclas menores al 1% permitirían activar el mercado sin golpear la conectividad», señala, sugiriendo que la transición debe ser un goteo constante antes de ser una marea.

Un desafío de «responsabilidad compartida»

El mensaje desde las cabinas de mando es unánime: las aerolíneas no pueden financiar esta transición solas. La descarbonización requiere un ecosistema de colaboración que incluya a:

  1. Gobiernos: Generando incentivos y marcos regulatorios estables.
  2. Sector Financiero: Habilitando la inversión masiva necesaria para plantas industriales.
  3. Productores de Energía: Acelerando la oferta de nuevos energéticos.

La aviación chilena está lista para el cambio, pero el despegue definitivo del SAF dependerá de qué tan rápido logre el país transformar su potencial de biomasa e hidrógeno verde en una industria competitiva que no deje a la aviación local en tierra.

SOJ