Papa Francisco: Reaparece en domingo de resurrección ante 35.000 de personas para entregar la bendición «Urbe et Orbi»

visiblemente emocionado, reapareció en el Domingo de Resurrección para impartir la tradicional bendición «Urbi et Orbi». Su presencia, tras días de incertidumbre por su estado de salud, fue recibida con júbilo y esperanza por los peregrinos que abarrotaban la plaza y sus alrededores.

El Pontífice jesuita y de nacionalidad argentina, Jorge Bergoglio, de 88 años, llegó en silla de ruedas, acompañado por su enfermero personal, Massimiliano Strappetti, y sin las cánulas nasales que había utilizado recientemente. Con voz fatigada, pero firme, saludó a los presentes con un «¡Queridos hermanos y hermanas, Buena Pascua!», y anunció que el Maestro de Ceremonias Pontificias, Mons. Diego Ravelli, leería en su nombre el mensaje pascual dirigido a la Iglesia Católica y al mundo.

El mensaje, impregnado de un profundo llamado a la paz y la fraternidad, resonó en la plaza y más allá. Francisco lamentó la «voluntad de muerte» que se manifiesta en los numerosos conflictos que asolan el planeta, la violencia que permea incluso los hogares, y el desprecio hacia los más vulnerables. «Cuánta violencia percibimos a menudo también en las familias, contra las mujeres o los niños. Cuánto desprecio se tiene a veces hacia los más débiles, los marginados y los migrantes», expresó con dolor.

Sin embargo, en medio de la oscuridad, Francisco encendió una llama de esperanza. «En este día, quisiera que volviéramos a esperar y a confiar en los demás —incluso en quien no nos es cercano o proviene de tierras lejanas, con costumbres, estilos de vida, ideas y hábitos diferentes de los que a nosotros nos resultan más familiares—; pues todos somos hijos de Dios. Quisiera que volviéramos a esperar en que la paz es posible».

El Pontífice instó a los líderes mundiales a «no ceder a la lógica del miedo que aísla, sino a usar los recursos disponibles para ayudar a los necesitados, combatir el hambre y promover iniciativas que impulsen el desarrollo». Subrayó que «estas son las ‘armas’ de la paz: las que construyen el futuro, en lugar de sembrar muerte», y recordó que «ante la crueldad de los conflictos que afectan a civiles desarmados, atacando escuelas, hospitales y operadores humanitarios, no podemos permitirnos olvidar que lo que está en la mira no es un mero objetivo, sino personas con un alma y una dignidad».

Su mensaje trazó un recorrido por los principales focos de conflicto armado, recordando a las víctimas y elevando oraciones por la paz. Mencionó la Tierra Santa, escenario de la conmemoración conjunta de la Pascua católica y ortodoxa, y pidió que «se irradie la luz de la paz sobre toda Tierra Santa y sobre el mundo entero». Expresó su cercanía al sufrimiento de los cristianos en Palestina e Israel, así como al de ambos pueblos, y denunció el «creciente clima de antisemitismo», apelando a un cese inmediato de las hostilidades en Gaza.

Francisco también tuvo palabras para el Líbano, Siria, Yemen, Ucrania, Armenia, Azerbaiyán, los Balcanes occidentales y diversos países africanos, como la República Democrática del Congo, Sudán, Sudán del Sur, el Sahel, el Cuerno de África y la Región de los Grandes Lagos. No olvidó a Myanmar, azotado por conflictos armados y un reciente terremoto devastador, y pidió que en este Año jubilar, la Pascua sea ocasión para liberar a los prisioneros de guerra y presos políticos.

«Queridos hermanos y hermanas: en la Pascua del Señor, la muerte y la vida se han enfrentado en un prodigioso duelo, pero el Señor vive para siempre y nos infunde la certeza de que también nosotros estamos llamados a participar en la vida que no conoce el ocaso, donde ya no se oirán el estruendo de las armas ni los ecos de la muerte. Encomendémonos a Él, porque sólo Él puede hacer nuevas todas las cosas. ¡Feliz Pascua a todos!», concluyó el Pontífice, renovando su llamado a la esperanza y la paz en un mundo marcado por la incertidumbre y el dolor. Su reaparición en el Domingo de Resurrección, un símbolo de vida y renacimiento, fue un mensaje poderoso de fe y perseverancia, un recordatorio de que incluso en los momentos más oscuros, la esperanza puede florecer.

SOJ