Juanito… «El Machucao»

El automóvil, conducido por un gendarme, lo embistió mientras caminaba por el paso de cebra demarcado en las esquinas de Egaña con Aldea, en Tomé. Al rato, apareció una pareja de policías. El carabinero de mayor grado sentenció… “el machucao es el Juanito nomás… no hay p’a qué darle tanto color, con parte y papeleo” y el procedimiento policial concluyó.

Algo ocurrió con Juanito al nacer. Parte de su capacidad intelectual se desarrolló pobremente, y una epilepsia sirvió para que algunos mocosos le endosaran burlonamente el apodo de Vaca, a causa del mugido que escapaba de su garganta, ante el esfuerzo que hacía para evitar tragarse la lengua cuando le sobrevenía algún ataque. Ese cruel simulacro de estrangulación lo dejaba confuso por horas.

En la búsqueda de una existencia menos desigual, con su esposa se dio a la tarea de enfrentar la vida que les había tocado vivir. El Juanito no pudo llegar a ser un político o funcionario público, pero tonto o flojo… no era. Solo padecía epilepsia. Como hombre de bien, trabajaba de ambulante, y recorría las calles de su Tomé, ofreciendo desde helados en palitos, hasta “almanegras” que recolectaba en los cerros cercanos. 

De buen corazón, adoptó a un quiltro que encontró convulsionando en algún callejón solitario y, pensando que también sería epiléptico, lo llevó a su casa… lo cuidó… y le enseñó a no salir a la calle, para que no experimentara lo que sufría él, cuando le sobrevenían los espasmos en la vía pública. Su compañera, y el perro, le esperaban a la hora en que él -cansado por la jornada diaria- regresaba a casa.

Ese día de agosto de 2021, caminaba por el paso de cebra pensando -quizás- que la vida no era tan mala, cuando fue atropellado. En el hospital fue otra cosa. El médico estimó innecesario practicar las radiografías que son obligatorias en los politraumatizados. Sólo le preguntó que le dolía. El “machucao” apuntó a su rodilla izquierda. A pesar de estar prohibido, el galeno le recetó analgésicos… y p’a la casa.

A intervalos, una dolorosa punzada recorría el cerebro de Juanito, pero él no sabía representarla y sólo se quejaba de dolor en la rodilla izquierda. Fue llevado nuevamente al hospital. Ahora lo atendió una facultativa quien -junto a más analgésicos- le prescribió una radiografía… pero de la rodilla derecha.

Juanito… “el machucao”, falleció unos días después… en otro hospital. En una sala de espera, luego de un suspiro, su fracturado cráneo se recostó en el hombro izquierdo… su mandíbula se aflojó… y se fue… sin molestar a nadie. Aprovechando que estaba “fresquito” le extrajeron una serie de órganos. Dos carabineros… dos médicos… un gendarme conduciendo el automóvil sin seguro ni permiso de circulación. ¡Caramba! mucha gente importante y demasiado papeleo por este “machucao” así es que el Fiscal -p’a evitarse ataos- caratuló el fallecimiento de Juanito como “hallazgo de cadáver”, tal como si se tratara de un perro, muerto en un sitio baldío.

La indiferencia, es una forma de expresar desprecio. En esta historia verídica, ataca a un compatriota capaz de superarse a sí mismo… en un enfrentamiento entre él, y él… sin culpar a nadie. Para la Administración, Juanito es un cadáver encontrado. Es el Don Nadie de los muchos a quien la arrogancia funcionaria esconde bajo el manto de olvido de la lenta tramitación. El “machucao” muere víctima de su negación como persona, no obstante que de su cuerpo maltratado -apenas exhalado su último suspiro- se le extrajeron los órganos necesarios para salvar la vida de otros.

Algunos vecinos cuentan que -a veces- por las tardes, la viuda y el quiltro adoptivo, se sientan a la puerta de su vivienda a esperar que Juanito regrese del trabajo. Y ahí permanecen… hasta que el abrazo de las sombras de la noche, les indica que la esperanza es vana. Cuando expire el alquiler de la sepultura del cementerio municipal en que fue sepultado Juanito, su viuda -sin mayores ingresos- deberá resignarse a que tiren… los restos de lo que sobró del “machucao”, a una fosa común.

Y así termina esta historia. Lo peor, es que nos resistimos a aceptar que… “Juanito” somos todos.

* Por Jorge Retamal Villegas