El dogmatismo, concepto nómada y paria, no reconoce alero propio alguno. Se asienta aquí y acullá; algunas temporadas en un determinado territorio, para luego buscar otros terruños donde pueda contaminar a quienes piensan distinto, en un peregrinar en el que siempre encontrará a quienes estén dispuestos a darle hospedaje, no siendo esto último para nada patrimonio exclusivo de las religiones. Muy por el contrario –y más peligroso aún- el dogmatismo campea por deslindes laicos pretendidamente plurales y se cobija entre quienes enarbolan un discurso donde pocas veces es posible despuntar qué los hace distinguibles de los tildados por ellos mismos como dogmáticos.
Por su parte, los denominados “principios lógicos” rigen toda forma correcta de pensamiento. Los principios lógicos son leyes generales de operación del pensamiento, derivaciones coherentes que fundamentan los procesos lógicos como actividad ordenadora y reguladora de nuestro pensamiento, estableciendo el orden en vista de la realidad cognoscible. Y son de tal evidencia, que han ingresado incluso en la terminología doméstica. Cuando estamos ante cuestiones que nos parecen irrefutables y axiomáticas, lo “obvio” lo expresamos por medio del vocablo “lógico”.
Además de los principios lógicos establecidos por Parménides ya en el s. VI a. de C. “el ser, es”; o si se prefiere en su expresión “A” es “A”. Y “el principio de no contradicción”, que en una interpretación libre diremos que “nada puede ser y no ser al mismo tiempo”, se destaca el formulado por Leibniz recién hace poco más de 300 años: el principio de razón suficiente que se expresa como “Todo conocimiento tiene que estar fundado”.
Este principio lógico significará un despeje rotundo de los límites brumosos que separaban hasta entonces el conocimiento de la creencia. A esta última no se le niega su posibilidad, sino simplemente se le señala que debe moverse, noéticamente, en una esfera distinta. Ni inferior ni superior. Simplemente, otra. La una, en la concatenación fundada de ideas y razonamientos lógicamente entrelazados. La otra, afirmada en el dogma racionalmente deducido, pero subjetivamente fundado. Intersubjetiva la una, subjetiva, la segunda. De paso, deja fuera con una mirada oblicua, a aquellas formulaciones que arriesgan variopinta explicaciones sobre también variopinta cuestiones: desde científicos que aseguran la existencia de dimensiones desconocidas (que si son desconocidas, como aseverar su existencia), pasando por intelectuales que aseguran el fin de la historia, hasta destacados biólogos que formulan las más ingeniosas e imaginativas disquisiciones sobre el origen de la vida, como ciertas hipótesis que hablan de diseminación de semillas cósmicas portadoras de hálitos vitales que anidaron en nuestro planeta por un azar sólo comparable al Loto. (Recuérdese, en todo caso, que el Loto en la mitología griega era el lugar así llamado por los supremos dioses destinado a los fracasados y perdedores en la vida).
Desde la exploración filosófica, el dogmatismo apunta hacia el tipo de reflexión que si bien asentada en principios, no presta atención a los hechos o argumentos que eventualmente pudiesen poner en duda tales principios, afirmándolos sin más. Esta sumisión sin indagación se dio tanto en la filosofía griega como en el dogmatismo racionalista del s. XVIII, que elevaba la razón al pináculo como el único instrumento posible del conocimiento. Si bien aún hoy quedan vestigios de ese dogmatismo racionalista, desde Kant -y que expresara con sus propias palabras “al despertar del sueño dogmático”- comienza a desmoronarse cuando elabora su crítica a la razón pura negándole la posibilidad exclusiva de conocer sin haber determinado con anterioridad cuál es la capacidad de la razón humana para atribuirse tan disputada corona. Hoy sabemos que además de la razón, el sujeto reconoce variadas otras formas de fundamentar el conocimiento. Y la epistemología nos habla de la intuición, el conocimiento holístico, la experiencia, la percepción… etc. Y por cierto, hoy es imposible desechar, como en el racionalismo, las cualidades diferenciadoras. Una reivindicación de la razón, pero ya no en su extensión dogmática y exclusiva, es posible ver también en el pensamiento de Ortega y Gasset con su “razón vital”.
Ante este panorama en que la delimitación de las parcelas del conocimiento y de las creencias es tan nítida y prístina que, en tanto la una no incursione en el territorio de la otra, no habría posibilidad de colisión alguna, entonces… ¿por qué la aprehensión, de donde surge la inquietud? Ciertamente, no constituye motivo de alarma alguna el que en una discusión académica se confronten posturas sobre la existencia del Absoluto o de los atributos que debiera o no tener.
Lo que enciende las alarmas es que en ambos lados de este deslinde, desde la comarca del conocimiento y desde la provincia de las creencias, surgen las pretensiones de haber clavado la bandera en Flandes y se asume ya sea por designio divino o humano, que se está en posesión del verdadero código normativo que debe regular, normar, dirigir y conminar los actuares humanos. Es decir, se tiene la pretensión de ser el referente único y exclusivo de la moral y de los caminos que debe seguir el desarrollo de la sociedad. He ahí, en toda su magnificencia mutiladora de la libertad de pensamiento, la expresión más acabada y refinada del dogmatismo. El dogmático, cual lobo estepario que en solitario alza su rostro a la luna aullando sus proclamas absolutistas y paralizantes, podrá seguir haciéndolo hasta la eternidad. Pero por sobre las ideas melioristas, nunca.
* Fernando Rocha Pavéz

