* La ventaja no es la de tramitar un siniestro, sino la de la organización para cambiar. Y esa velocidad, advierten en la industria, tiene un techo: la arquitectura tecnológica sobre la que opera cada compañía.
Durante la última década, la industria aseguradora invirtió fuerte en digitalizar la experiencia del cliente. Apps para denunciar un siniestro, fotos desde el celular en vez de visitas de peritos, formularios que se llenan en minutos. El avance es real y se nota: procesos que antes tomaban semanas hoy se resuelven en horas. Pero en Evolución Insurtech Latam 2026, el mayor encuentro del sector en la región, la conversación se corrió hacia otro lugar. La pregunta dejó de ser cuánto se puede acelerar un trámite y pasó a ser cuánto puede acelerar una compañía completa.
«La velocidad que importa no es la de tramitar un siniestro», plantea Rubén Quezada, CEO de Clave Technologies. «Es la de la organización para cambiar. Una compañía puede digitalizar toda su superficie y seguir tardando seis meses en lanzar un producto nuevo. Ahí no hay ventaja competitiva: hay una mejora de servicio sobre la misma estructura de siempre».
Una convergencia, no una tecnología
Lo que se vio en EILA26 fue la maduración simultánea de varias fuerzas. La inteligencia artificial agéntica —sistemas capaces de razonar y ejecutar tareas completas, no sólo de responder preguntas— es una de ellas. También el uso de datos para avanzar hacia la personalización. Y un frente regulatorio que en Chile abre desafíos y oportunidades en partes iguales: el Sistema de Finanzas Abiertas y la Ley de Protección de Datos, entre otros. Ninguna de esas fuerzas transforma la industria por separado. Lo que la transforma es que estén ocurriendo al mismo tiempo. Y eso deja a las aseguradoras frente a una pregunta incómoda: ¿son organizaciones capaces de cambiar a la velocidad a la que cambia la tecnología? La tecnología se mueve en meses. Las compañías, en años.
«Ninguna empresa puede ser más ágil que la arquitectura sobre la que opera», sostiene Quezada. «Se puede tener la mejor estrategia y el mejor equipo, pero si cada producto nuevo es un proyecto de sistemas de seis meses, la organización va a ser lenta. El techo de velocidad de una compañía no lo pone su ambición: lo pone su plataforma».
El límite de sumar
La respuesta más común del sector ha sido incorporar capacidades sobre lo que ya existe: un piloto acá, un asistente allá, una capa de APIs para poder interoperar. Son iniciativas reales y prácticamente todas las compañías tienen alguna en curso. El problema, según Quezada, es que todas tienen la misma forma. «Estamos sumando. Y sumando no se cierra una brecha de velocidad». Es una crítica que se hace sin acusar. «Durante treinta años construimos para durar. Sistemas robustos, estables, auditables. En un negocio regulado, con contratos que viven décadas, eso no fue conservadurismo: fue criterio. El problema es que el paradigma cambió. Hoy no se premia durar. Se premia cambiar».
La alternativa que propone es cambiar el sustrato antes que la superficie: plataformas donde las capacidades del negocio —suscripción, emisión, cobranza, siniestros— existen como piezas independientes que se recombinan, y sobre las cuales la inteligencia artificial puede razonar y actuar. Una plataforma preparada para la IA desde el diseño, no adaptada después. «Un agente de inteligencia artificial sobre un sistema monolítico es inteligencia que no escala. Puede razonar todo lo que quiera, pero cuando tiene que actuar tiene exactamente las mismas palancas que tenía una persona».
¿Dónde aparece el beneficio para el cliente?
El efecto más visible de ese cambio no está en la velocidad de un trámite, sino en qué productos llegan a existir. «Nuestra brecha de protección en Latinoamérica no es solo de demanda: es de costo», explica Quezada. «Cuando lanzar un producto toma meses de proyecto, nadie diseña un seguro pequeño para un segmento pequeño, porque no paga el esfuerzo. Cuando ese costo baja de forma sostenida, los nichos se vuelven viables. Y ahí la tecnología se convierte en inclusión real, no en discurso». Es el camino que abre coberturas para trabajadores independientes, pequeños emprendedores o riesgos específicos que hoy quedan fuera del catálogo estándar.
La brecha que falta cerrar
El obstáculo no es sólo tecnológico. Una encuesta de Deloitte a 3.235 líderes de negocio y tecnología en 24 países muestra que tres de cada cuatro esperan estar usando agentes de inteligencia artificial hacia 2027, pero solo el 21% declara tener un modelo maduro de gobierno para ellos.
Para Quezada, ese dato es central en una industria regulada. «Un agente que no puede explicar qué hizo, quién lo autorizó y por qué, no es un activo: es un pasivo. Pero la trazabilidad no es una barrera para adoptar esto. Es la condición para adoptarlo. Sin ella, ningún comité de riesgo aprueba nada». Su conclusión apunta menos a la tecnología que a quién la use primero. «La ventaja competitiva de los próximos años no la va a definir quién tenga la mejor tecnología, porque va a estar disponible para todos. La va a definir quién sea capaz de adoptarla más rápido y convertirla en valor concreto para el cliente. Y esa capacidad no se compra: se construye desde la arquitectura». (Alonso Márquez, periodista).





