Cuantas “iñoras” -rememorando sus aventuras de juventud- habrán sonreído al ver la expresión bobalicona del sujeto a quien su prole vino a saludar ese día, y de quienes su origen paterno será un secreto llevado a la tumba. ¿No me cree? Fíjese bien… cuando una mujer habla de “sus” hijos y no de los “nuestros”. Incluso en presencia del marido. ¡Fíjese nomás!
¡Que rápido pasa el tiempo! Desde príncipe por las noches hasta -de pronto- padre para toda la vida. Desde salir corriendo a una fiesta… a salir corriendo a comprar pañales. A todos nos ha pasado, y seguirá pasando… y el hijo ve cómo su viejo va desapareciendo en el horizonte de la vida, hasta que -de pronto- se da cuenta que está brindando en solitario, mirando hacia el cielo en busca de quien ya no está… y recién entonces se dan cuenta que es el padre quien realmente unifica lo que entendemos por familia. Eso lo expresa mejor un quiltro… cuando el hombre llega a casa.
Pero estas reflexiones no son el motivo de esta nota. Resulta que una “amistaíta” del Café, antes de marcharse, había comentado emocionado lo caro que les había salido a sus “cauros”, la parrillada con la que se habían rajado ese día. Treinta y seis lucas más el vino y el café.
Obviamente, apenas se largó aproveché para pelarlo; «este no bebe porque hace años que la mujer se lo prohibió, y el café le sube la presión. Dos hijos con sus parejas más la esposa del celebrado son seis personas… o sea que invirtieron en el agasajado la módica suma de seis lucas… y este se atreve a emocionarse cuando lo cuenta. Definitivamente, ya le repujaron el cerebro.»
«¿Y cómo estamos por casa?» me largó una dama que me conocía, y que estaba aguzando la oreja en la mesa contigua; «porque su hijo no se parece en nada a usted» remató. Me perdí una estupenda oportunidad para quedarme callado, y le repliqué: «ñatita» le dije, «lo que pasa es que a mi hijo lo hice con el pilín y no con una fotocopiadora p’oh… y mira la obra que hizo con su pincel el feo de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina»
Creí haber sido agudo, pero me observó con una mirada tan sarcástica, que consiguió dejarme pensando en que -hace ya muchos años- y por una cuestión de trabajo, pasamos con la de turno nuestra luna de miel en Noruega, y “nuestro” hijo salió de “metrochenta”, semi calvo y con los ojos azules. Capaz que el clima de ese país haya afectado la transferencia genética digo yo. ¿Por qué no p’oh?
* Jorge Retamal Villegas, escritor





