Carta al Director: De la energía a los alimentos

De Boris Pastén Henríquez
Director de Negocios Internacionales U. Andrés Bello

La composición de la inflación chilena está cambiando. En abril, cuando el IPC registró una variación de 1,3%, la energía había aumentado 11,4%, mientras los alimentos no mostraban variaciones. Cuatro meses después, el panorama es prácticamente el inverso: en agosto la energía avanzó apenas 0,4%, mientras los alimentos subieron 1,4% y explicaron más de la mitad del IPC mensual.

La señal merece atención, porque las alzas en alimentos ya acumulan varios meses. Lo que inicialmente podía explicarse por problemas puntuales de distribución, comienza a convivir con aumentos en productos menos asociados a esos episodios, como la carne de vacuno. Una cosa es enfrentar incrementos temporales por factores climáticos o estacionales; otra es que estos se prolonguen y alcancen progresivamente una mayor parte de la canasta.

Hacia fin de año, esa diferencia será clave. Los precios internacionales de los alimentos alcanzaron en agosto su mayor nivel en casi cuatro años y El Niño podría sumar nuevas presiones sobre la oferta agrícola local. El riesgo, entonces, no está solamente en cuánto subieron los alimentos este mes, sino en cuánto tiempo seguirán haciéndolo. La inflación puede estar dejando atrás una fuente de presión, pero eso no significa que el problema haya desaparecido: quizás simplemente se está trasladando desde la energía hacia la mesa de los hogares.