La torpe búsqueda de la seguridad

Mediante el artículo primero de la ley 21730, nuestros parlamentarios -y sus 1.200 asesores- entregaron la tarea de prevención del delito, al Ministerio de Seguridad Pública. ¡Caramba! Una tarea en que ni siquiera la divinidad tuvo éxito, porque si el delito se pudiera prevenir, Eva habría sido obediente y Caín no habría matado a Abel. ¿Estamos?

En la Subsecretaría del Interior del gobierno pasado, encomendaron tal utopía a un humano… a un tal Monsalve… pero se les recalentó. Se perseveró en la idea y en la búsqueda de una doctrina unidireccional; «¡poner mano dura en las poblaciones vulnerables!» Sin recordar el fracaso de la prevención en los delitos perpetrados por Eva y Caín y, menos, con algún conocimiento en Ciencias Sociales, no cabe sino concluir que estamos en manos de personas convencidas que pueden doblar herraduras a mano.

Se supone que a Chile lo poblamos unos 18 millones de personas, y se sabe que hospedamos a unas 63 mil personas «en cana», o sea, 1 delincuente por cada 300 espartanos que salen día a día a sudar decentemente su derecho a cierta seguridad de ingresos… sin delinquir… pero que tienen el infortunio de vivir en “poblaciones vulnerables”. ¡Fíjense bien! Para que haya 63 mil presos, disponemos de 55 mil carabineros; 12 mil PDI; 4 mil funcionarios en el Ministerio Público; 15 mil gendarmes, y otros mil agregados al nuevo Ministerio de Seguridad. No es para reír… es para llorar… «¡87 mil funcionarios!» Todos esos recursos, y al esfuerzo creativo de la política solo se le ocurre agregar a una parte de los 80 mil funcionarios de las FFAA. ¿Qué le echan al agua, en Santiago?

Me encontraba exponiendo esta perorata a otros contertulios en la cafetería en donde cada sábado sorbo expresos y vierto mis quejas, cuando el “Pebre”, un tipo muy bien preparado, pero sumamente picante, dejó de paladear su cortado, y señaló: «La Ley del Talión proponía el ojo por ojo y diente por diente como forma de equilibrar el castigo con el daño causado. O sea que, si no se puede prevenir, a lo menos hay que equilibrar la sanción. Pero en Chile no es así. El diente o el ojo de un ciudadano no es igual al de un sujeto elevado al rango de “autoridad”.

Otro, cuyo nombre se me escapa, pero que suele ser muy ponderado en sus opiniones, metió tímidamente su cuchara; «como dicen que las ciencias sociales son p’a puros comunistas y revolucionarios, el ministro de seguridad nunca va a entender que Chile tiene un techo en minería, en pesca y en agricultura, y que, alcanzado ese techo, de donde no hay no se puede sacar más, que es lo que tampoco comprende el ministro de hacienda. Ahora, lo único que le queda al país es explotar el clima del norte y las bellezas del sur o sea… el turismo… la más holística y masiva de las actividades. Los turistas traen sus platitas sin necesidad de burocracia exportadora. Pero nadie vacaciona o visita un país donde puede ser secuestrado, estafado, robado o violado. Si nos propusiéramos pasar de 4 a 30 millones de visitantes al año… los chacareros, ganaderos, pescadores y tantos otros alimentando… o albergando a esa masa de visitantes, producirían más plata que varios CODELCO p’oh».

Me dejaron pensando. La palabra equilibrio me daba vueltas en la mente. Los delitos más aborrecibles son aquellos que tienen por objetivo el lucro… tomar atajos en la forma de obtener dinero… ilícitos en que impera la voluntad de cometerlos. Quizás sería conveniente equilibrar los «incentivos perceptibles» en esas conductas, con «disuasivos perceptibles» esto es que, cuando un juez estime que hubo afán de lucro en un delito, que la pena asignada sea de cumplimiento efectivo, sin beneficios ni atenuantes. Y si el autor es funcionario público o tiene un título universitario, entonces que esa pena se aumente en un grado. ¿Se desincentivaría la comisión de los delitos con afán de lucro?

 Muchas veces el huevo no está donde cacarea la gallina. Una sola modificación del Código Penal resultaría de menor gasto que el que cuestan los 1.000 funcionarios del Ministerio de Seguridad. Y no es ocioso pensarlo porque si bien no pudo prevenir el delito, el Creador le puso una cola al caballo… por si las moscas. ¿O mejor me salvo sólo… y me cambio de población nomás?

* Jorge Retamal Villegas, escritor