Junio se asoma en el horizonte y con él, la crucial decisión que La Moneda deberá tomar: el nombramiento del nuevo comandante en jefe de la Armada, relevando al almirante Juan Andrés de la Maza. El actual máximo oficial naval es el principal impulsor del Plan Nacional Continuo de Construcción Naval, que producirá los futuros buques de la Armada en Asmar Talcahuano.
La designación del nuevo comandante en jefe marcará un hito en la gestión de la recién asumida ministra de Defensa, Adriana Delpiano (PPD), quien tomó el timón de la cartera tras la resonante salida de Maya Fernández en medio del escándalo por la frustrada venta al Estado de la propiedad de Guardia Vieja, perteneciente a la familia del ex presidente Allende . La presencia de Delpiano, recientemente incluida en el comité político del presidente Boric, núcleo estratégico del gobierno, subraya la trascendencia de esta elección.
El proceso de selección del máximo líder naval se rige por el inflexible mandato constitucional, específicamente el artículo 104. Esta disposición establece que el Presidente Gabriel Boric debe escrutar a los cinco vicealmirantes de mayor antigüedad dentro de la institución, quienes deben cumplir con los exigentes requisitos estipulados en los estatutos internos para tan alto cargo. La Carta Magna, artículo 104, es clara: «Los Comandantes en Jefe del Ejército, de la Armada y de la Fuerza Aérea, y el General Director de Carabineros serán designados por el Presidente de la República de entre los cinco oficiales generales de mayor antigüedad, que reúnan las calidades que los respectivos estatutos institucionales exijan para tales cargos; durarán cuatro años en sus funciones, no podrán ser nombrados para un nuevo período y gozarán de inamovilidad en su cargo».

Bajo este precepto, la quina de aspirantes al mando supremo de la Armada ya se dibuja en el mapa estratégico del poder naval. Los vicealmirantes Pablo Niemann Figari, Fernando Cabrera Salazar, Raúl Zamorano Goñi, Leonardo Chávez Alvear y Roberto Zeguers Leiton aguardan la decisión presidencial. De este selecto grupo emergerá el nombre del futuro comandante en jefe, el hombre que guiará los destinos de la Armada en los próximos años.
La tradición marca que el Presidente comunica su elección de manera personal al oficial escogido, un gesto de deferencia antes de la formalización pública. Posteriormente, el almirante electo es invitado a La Moneda, donde se sella su nombramiento. El ascenso al alto mando se concreta en una solemne ceremonia militar, un rito castrense que simboliza la transferencia del liderazgo y la asunción de nuevas responsabilidades en la cúspide de la institución naval. El país observa con atención el desarrollo de esta crucial designación, consciente del papel fundamental que la Armada desempeña en la defensa y la seguridad de la nación.
SOJ





