Juan “Pililo” narraba esta historia -a cambio de copete- para explicar el origen de la política en Chile. Decía que, en un lugar aislado entre las montañas y el mar, vivía gente alegre, sencilla, sin malicia. Sólo la noche perturbaba su paz, y no por la oscuridad sino por la incertidumbre, al no poder asegurar que el sol volvería a aparecer el siguiente día.
Un viajero extraviado en esos confines -enterado de tal angustia- les ofreció la solución, contándoles “muy p’a callao” que el sol tenía orejas, y le encantaba escuchar un silbido mágico, que solo él conocía. Cada noche, el trotamundos se dirigía hacia un monte cercano, desde donde regresaba silbando al despuntar el alba. Y era entonces cuando a los aldeanos les parecía que el sol empezaba a mostrar una oreja para escuchar la melodía, hasta asomar completamente. Felices, los pobladores empezaron a llevarle parte de lo mejor que producían, y el hombre empezó a acumular riquezas. Se casó con la mujer más bella del pueblo y, ambos, trajeron un hijo al mundo. Los habitantes estaban felices porque pensaban que -con todo lo recibido- ya no querrían abandonarlos. Y tampoco lo haría el sol.
Cuando el hijo se hizo mayor, el silbador decidió enviarlo a conocer el mundo. Regresó años después trayendo una maleta en la que encerraba a un hermoso gallo. Sin discutir la técnica de su progenitor, contó a los pueblerinos que cuando esa ave cantaba, el sol asomaba una de sus orejas para escucharlo, lo que era una buena alternativa por si el viejo enfermaba. Sólo había que proporcionarle granos y alfalfa para no dejar morir al ave. Y el sujeto empezó a enriquecerse acumulando cereales, aun cuando esta segunda contribución empezó a hacer fatigosa la vida de la comunidad.
Sin embargo, el pueblo se creía feliz, porque mientras el primer sujeto silbara y el gallo del segundo cantara, el sol seguiría visitándolos día a día. El dueño del gallo le dio un nieto al veterano silbador, el que también fue enviado lejos a conocer el mundo. A su regreso, años más tarde, en una destartalada valija traía unos artilugios mecánicos de metal y vidrio que sonaban ¡tic tac! El hombre los regaló a los campesinos, advirtiéndoles que debían traérselos cada día para darles cuerda con una llave que colgaba de su cuello. Aseguró que, al repiqueteo simultáneo, el curioso sol asomaría sus orejas para escuchar el tintineo. Convenció a los comarcanos lo urgente de esa alternativa, porque el viejo y el gallo habrían de morir, y entonces el astro rey podía marcharse para siempre.
Ya eran tres las familias por alimentar. El trabajo de cada aldeano empezó a ocupar más horas del día. El sonido locuaz de las risas y cantos al regresar de las faenas del campo, desapareció. Justificaban la pérdida de la alegría, en la creencia de haber solucionado la incertidumbre que otrora les ocasionaba el incierto retorno del sol de cada día… gracias a estas buenas personas, quienes habían consagrado sus vidas… al bienestar de la comunidad.
Decía Juan Pililo que así empezó la política en Chile… cuando gente alegre, sencilla, sin malicia, tuvo la ocurrencia de depositar la seguridad del mañana, en fulanos que habían conseguido meter en sus cabezas… que el sol tenía orejas. ¿Qué le parece?
* Jorge Retamal Villegas





