A Palos con la Poesía


Por Antonio Álvarez Burger

Ésta, la de nuestra convulsionada época, es una sociedad en verdad extrañamente curiosa y paradójica. Suponemos que el país empieza a trepar al fin hacia los peldaños superiores del desarrollo económico y social, y que ello -en consecuencia- tendría que necesariamente traer consigo satisfacciones de índole espiritual e intelectual a los habitantes de este terruño: más tranquilidad, más seguridad, mayores espacios y tiempo para la creatividad y el desarrollo del saber. En fin, un entorno adecuado para humanizar el entendimiento y el proceder.

Pero, ¿con qué nos encontramos? ¿Cuál es sinceramente nuestra realidad?

La televisión, por ejemplo, instrumento que permite la transmisión a distancia; reconocido símbolo, atributo y divisa del progreso tecnológico (como internet, los teléfonos celulares y las tarjetas de crédito o débito, entre otras «maravillas» concebidas por el cerebro humano), es sin duda responsable, entre otras cosas, de la crisis del libro y de la lectura. La aparición de «la caja idiota» no sólo ha sido un rudo golpe a la imaginación, sino que además distrae, banaliza, instrumentaliza, adormece, anula, extermina.

Las obras de tantos escritores y poetas yacen hoy (en este olimpo de la oferta y la demanda) en el sótano, en la trastienda de las necesidades primarias de los chilenos. Éstos, concentrados con esmero en la ruda competencia del «tener y no ser», anotan y anotan concupiscentes -enfrentados al televisor- los productos en boga que adquirirán luego, hipnotizados por exhibiciones publicitarias propias de «La Isla de la Fantasía». U observan sin darse tiempo para pestañear, baboseando programas insulsos, desabridos, que constituyen una verdadera afrenta a la inteligencia. Donde los que más gritan, los que más se muestran y los que emiten cantidades a raudales de tonterías y en el menor tiempo posible, son idealizados hasta terminar reconocidos como «los famosos» del gran mundo del espectáculo y la farándula. Y a los que hay que intentar imitar para ser exitosos en la vida.

No se trata de asumir posturas de tonto grave. Se trata de llamar la atención acerca de la imperiosa necesidad de sacudirse de la trivialidad a que conduce esta sociedad enferma, que por esencia estará siempre minimizando o dificultando la visión respecto de los problemas reales de la gente (salud, educación, trabajo, vivienda, seguridad, conocimiento). Ciertamente hace falta una reingeniería, una reestructuración mental, una reflexión profunda que vaya corrigiendo poco a poco este afán del chileno medio de desconfiar de sus propias nostalgias, de sus sueños reales, auténticos, y de su capacidad de cogitación.

Introduzco el tema de la poesía a modo de conclusión o esencia de lo que he explicado arriba, porque  es ésta la manifestación más diáfana de la belleza o del sentimiento estético a través de la palabra en verso o en prosa. Porque resulta que en estos tiempos que corren tan raudos hemos andado a palos con ella, como si fuera nuestra propia vida; en otras palabras, con nuestra vapuleada cultura, que no es otra cosa que el conjunto de conocimientos, creencias, comportamientos, normas, valores, arte, costumbres, leyes, lenguaje y otros hábitos que habíamos adquirido con orgullo, y que reflejaban con rigurosa certeza nuestra identidad y nuestras creaciones. 

Si hoy son tan escasos quienes compran poesía (salvo las de Neruda o de la Mistral, quizá para no pasar por inculto o baldío), quiere decir que estamos emocionalmente involucionando. Si los circos agonizan es porque ya no hay magia en la gente. Si las tradiciones, bailes y juegos dieciocheros de antaño son apenas un recuerdo, significa que nuestras almas adolecen hoy de energía insuficiente. ¿Alguien lee aún libros o revistas de historietas?.. ¿Y eso de atestiguar (ergo, sentenciar) que Dios es un mito, basado en la persistencia de una ignorancia congénita y supina, acaso no es la osadía propia de un perezoso mental?