Era un viernes cualquiera en la vida de María Zakharova, vocera del Ministerio de Exteriores de Rusia, hasta que el destino –y una llamada telefónica– decidió convertir su conferencia de prensa en un episodio de reality show. Allí estaba ella, frente a las cámaras, cuando su teléfono sonó. En lugar de optar por el discreto silencio del modo vibración, decidió ir por todo: altavoz y micrófono abierto. «No hablamos sobre el misil en Dnipro», tronó una voz al otro lado. Y ahí quedó todo, como un capítulo de serie que termina con un cliffhanger y sin posibilidad de adelantar al próximo episodio.
Mientras tanto, en el frente geopolítico, el mundo entero sostiene la respiración y se pregunta: ¿Acabaremos todos jugando a los bolos con hongos nucleares? Por un lado, Ucrania, estrenando misiles made in USA y UK, hace su mejor imitación de un videojuego de estrategia; por el otro, Rusia responde con un misil que nadie entiende, pero que suena a “cuidado, tengo superpoderes”. Eso sí, todo envuelto en el misterio digno de una película de espías de los 80. Y aquí es donde entra nuestro querido Donald J. Trump, que ni siquiera ha vuelto a la Casa Blanca, pero ya está siendo tratado como el árbitro de un partido de lucha libre entre titanes globales. Según los expertos –esos seres que opinan con tono serio mientras el mundo arde–, todo este despliegue de músculo militar tiene un único objetivo: llegar a la investidura de Trump con la mejor mano en esta macabra partida de póker. Es como si todos los jugadores estuvieran acumulando fichas mientras esperan al crupier con peinado peculiar.
Por supuesto, no podía faltar el drama ético. Joe Biden, con una mezcla de estratega y abuelo algo imprudente, ha aprobado medidas que incluyen el uso de minas antipersonales, algo así como decir: «No quiero romper las reglas, pero tampoco quiero perder.» Rusia, por su parte, no se queda atrás y convoca tropas norcoreanas como si estuviera armando el reparto de una secuela bélica de Los Vengadores. Mientras tanto, los analistas internacionales desempolvan sus analogías históricas. «Esto se parece a Sin novedad en el frente», dicen, recordando cómo los soldados franceses y alemanes se mataban por centímetros de terreno, mientras los generales negociaban el fin del conflicto alrededor de botellas de champaña. Aunque, en este caso, parece que la competencia es por quién logra que Trump les dedique un tweet favorable.
¿Y qué pasa con Trump? Pues en un giro inesperado, el hombre del pelo dorado ha decidido mantener un silencio que, según un periodista, es “ruidoso”. Porque claro, cuando Trump calla, algo está pasando. Algunos hasta especulan que Biden le dio un toque amistoso para avisarle: “Oye, Don, te dejé unas minas por aquí y unos misiles por allá, por si las necesitas cuando hables con Putin.” Por ahora, el mundo sigue conteniendo el aliento, como un público esperando que el mago saque un conejo del sombrero. Pero conociendo a Trump, más bien esperamos un elefante, una paloma, o quién sabe, tal vez un tratado de paz… con cláusulas sorpresa.

Por Luis Tejada Yepes





