Parados en un fideo

¡Récord histórico! Según el INE, ya llegamos al millón de funcionarios públicos. La cifra se traduce a que unos 18 indios deben mantener a un cacique. Como de los 18 no todos producen un ingreso, la carga se hace harto pesada. Peor aún. La misma fuente indica que estos funcionarios ganan un 45% más que el “perraje” que los sostiene y -para coronarla- que, en los últimos 12 meses, esta masa de servidores públicos aumentó en un 11.1% lo que implica unos 1.500 millones de dólares más al año, para pagar a esta nueva manada. ¿Le parece demasiado? Agregue entonces que la Dirección de Presupuestos indica que, el año pasado, el ausentismo laboral promedio de los funcionarios públicos alcanzó a 32 “días hábiles”, casi dos meses. ¿Qué tal?

Los líderes de la impudicia política, fundados en su capacidad “solucionática del problema social”, creen que nadie se da cuenta que la conquista del poder solo beneficia al dirigente, a su clientela, y a los “estreñidos” del partido, quienes han disfrazado como “de interés general” lo que sólo es codicia privada. Porque el problema social no existe sino en tanto ellos lo crean. Lo que existe es dolor social. Padres y madres que han gastado sus vidas e ingresos, ven como -antes que los hijos terminen sus carreras- hay otros, quienes optando por la “cosa pública” -e ineptos para algo- ya están instalados en cargos cuya rentabilidad social no existe, pero son quienes determinarán el futuro de sus esfuerzos.

William Thayer Arteaga describió la Moral, como el uso de las cosas conforme sus fines, lo que servía para detectar conductas inmorales. Con el tiempo, y la “jibarización” académica del conocimiento humanista, el campo ha quedado libre para la amoralidad, que consiguió instalar como práctica la vieja frase política, “a mí no me den… pónganme donde haiga”, a lo que añadieron la compañía de un empresariado desleal, con sus colusiones y “financiamiento” de políticos. En síntesis, para los 18 que sostienen a su cacique designado, el discurso de ayer son los impuestos de hoy.

Permítame traer a cuento que mi rotunda, actual, temporal, tiene un perro. (¡No soy yo p’oh! un perro… un can… un Canis Lupus Familiaris). Cuando llego a casa y pregunto por su conducta, el quilterrier se abalanza y -con hipócrita devoción- me lame una oreja. No es amor. Lo hace para que yo no escuche las quejas que levantan sus pinceladas de orines en las patas de los muebles. ¡Hasta el quiltro sabe cómo interferir una información sobre hechos malos! (Puede ser porque con estos fríos se lo pasa echado viendo la tele). Así también, encontramos a personajes trabándose en pseudo debates sobre temas inconducentes o fuera de contexto, para que no sintamos cómo estamos siendo conducidos a sostener a un cacique… entre menos indios.

Para consuelo, esto ha sido así desde siempre. En la investigación científica se dice que un problema tiene una solución, más de una, o ninguna. Y existe una atribuida al Nobel de Literatura Bertrand Russel (1950) quien dijo, “Qué agradable sería un mundo en el que no se permitiera a nadie operar en bolsa a menos que hubiese pasado un examen de economía griega, y en el que los políticos estuviesen obligados a tener un sólido conocimiento de la historia…” El inconveniente radica en que no se ve posible que quienes hacen las leyes aprueben algo que les perjudicaría. 

(Y, a propósito de esto; caminaba rumbo al Café cuando, desde la Catedral, se desprendió un indigente pidiéndome dinero. Molesto, le respondí que no tenía, pero que en mi pega había hartas vacantes donde podría trabajar. Con ironía, me respondió; ¡p’andar sin plata como vo’h… prefiero seguir pidiendo! lo que explicaría -políticamente- la imposibilidad de la propuesta de Bertrand Russel.) De pronto ya no hay sofisticadas ideologías de izquierda ni de derecha. Para los unos, “el chancho está tirao”. Para los otros, “el chancho está mal pelao”. Y en medio de estos dos clanes, un grupo enorme de resignados… parados en un fideo.