El Milagro

Un día de esta semana, estaba con unas “amistaítas” -sorbiendo unos expresos en una terraza aledaña a la catedral penquista- comentando el brote de dirigentes y analistas políticos que habían aparecido haciendo autocrítica, o explicando la baja convocatoria que tuvo la elección primaria para alcaldes 2024. La conclusión fue de un mismo parecer; no se necesita ser analista para saber y anticipar que nadie acude a un burdel que ofrece meretrices feas y caras. Y ahí quedó agotado el tema de la pieza teatral política recientemente montada. No dió para más. Excepto por cierta unanimidad en la urgencia de un milagro para salir de esta desmoralización social.

Fue a propósito de esta necesidad, que uno de los contertulios -cuyo nombre omito porque su rotunda esposa puede leer esta columna- intervino y, mirando desconfiado el entorno, dijo en voz baja, “hace tiempo, yo repliqué el milagro de Jesús… y también transformé el agua en vino”.

Pensando que nos estaba vacilando, guardamos un silencio que el tipo aprovechó para apartarse de su disparatada afirmación, comentando: A nuestro Primer Mandatario le “preocupa el avance de fuerzas que cuestionan o no valoran la democracia”, una afirmación que incurre en un error básico. Resulta que Adam Smith, quien fue el primero en darle característica de ciencia a la economía, enumeró 5 desigualdades que explican la ganancia que proviene de un empleo; “si es agradable o no; si aprenderlo es difícil y costoso; si es permanente o temporal; si la confianza depositada en quienes lo ejercitan es grande o pequeña; y, si el éxito de ellos es probable o improbable.” Con lo anterior, la Economía explica la causa por la que un médico gana más que un profesor o, un ingeniero más que un obrero. 

Sin embargo, existe una actividad en la que la ganancia que proporciona el empleo es superior a la de un médico, pero que no participa de las reglas y esfuerzo para ser médico. Esta actividad es la Política. Un simple concejal gana más que el salario base de un profesor con jornada completa. Así, quienes han sacrificado tiempo y dinero invirtiendo en sí mismos, experimentan un recelo natural por participar en una actividad eleccionaria que violenta la racionalidad en la ganancia que se obtiene con un trabajo. Pero no hay -en estos momentos- un cuestionamiento o no valoración de la democracia como supone el Presidente. No. Lo que hay, es “vergüenza ajena”, porque en 250 años desde Smith, aún no podemos modificar esa vergonzosa rareza de la Economía, esperanzados en un milagro.

Uno de los presentes intervino: ¡Ya p’oh! ¿y cómo hiciste tu milagro? 

Examinó -recelando- a la gente que nos rodeaba, y en voz baja nos brindó su explicación: Bueno, ocurre que cuando joven yo era muy pobre, pero mi tajante novia insistió en el matrimonio, porque -según ella- le daba vergüenza deshonrar a su familia, en los hoteles pulguientos donde tenían lugar nuestras prácticas de judo. Todo mi patrimonio -en ese entonces- era una mediagua en una toma de terrenos, que tenía la ventaja de contar con sendos medidores para pagar -religiosamente- la luz y el agua.

Algún día -después de una inacabable parranda nupcial- desperté y me encontré con la mirada asesina de la desposada, sin uso desde que empezó la jarana. Las dolorosas grietas que la sed dibujaba en mi cabeza -sujeta a dos manos- me hacían alucinar… veía oasis de vino tinto, rodeados del verdor de parrones y vides… ¡rogaba por una caña! y -de pronto- recordé las palabras del curita… “todos probaron el agua convertida en vino”.

Haciéndome el mansito..,  por siaca había cometido algún exabrupto durante la curadera, consulté; “mi amor ¿en esta casa no queda ni una miserable moneda?” Sólo el silencio que precede a la tormenta me respondió. 

Insistí “ya po’h, ¿no queda ni una piltrajenta moneda?” 

Por un ventanuco miró hacia los medidores, y respondió enfurruñada: ¡Quea la pura plata del agua nomás! 

¡Pásala p’acá!, le ordené. Y se la transformé en vino.

¡Alabado sea el milagro del Señor!

(De lo que se desprende que los milagros ocurren, dependiendo de cómo se organicen los recursos)

* Por Jorge Retamal Villegas