Es la Hora de Sembrar, Recuperar y Ofrecer Esperanzas

La función primordial del Estado es la plena garantía y promoción de los derechos fundamentales de su población, y no cabe duda que el primero de los derechos es aquel que en esencia busca garantizar la seguridad e integridad de las personas que habitan su territorio.

De ahí que el crimen horrendo, que con dolor nos ha tocado constatar en la madrugada del 27 de abril – atentado terrorista de la comuna de Los Álamos, en la provincia de Arauco de la Región del Biobío, en que han sido asesinados e incinerados  el sargento primero Carlos Cisterna, el cabo primero Sergio Arévalo y el cabo primero Misael Vidal, de la Cuarta Comisaría de Control y Orden Público de la comuna de Los Álamos- evidencia una crueldad y una falta de humanidad sin precedentes. Ello da cuenta de una fragilidad enorme de nuestro Estado y de la ausencia de una gobernanza para enfrentar al crimen organizado y otros tipos de criminalidad. Incluso, ha ocurrido en casos como el del reciente asesinato de Ronald Ojeda, que reviste carácter inminentemente transnacional, con el agravante de delincuentes que circulan a través de nuestras fronteras con total impunidad. Nos dejan todos estos hechos en una situación de desamparo, vulnerabilidad y desprotección, en que pareciera simplemente primar la ley del más fuerte.

Para Aristóteles, «La democracia es una forma de organización social y política en que los ciudadanos conviven bajo el imperio de la Ley y no de los hombres». Un muy reciente informe del Foro Económico Mundial sobre Riesgos Globales 2024, da cuenta en el caso de Chile  de una poco tranquilizadora caída económica, de una importante erosión de la cohesión social, de la fragilidad del Estado, migración involuntaria e inflación. La fragilidad del Estado e incluso para algunos la constatación de un Estado fallido, superado en su capacidad de respuesta, supone un imperativo ético ineludible para las instituciones democráticas. Sin embargo, constatamos que no todas las instituciones democráticas tienen la misma vocación o interpretación política, sin entrar en la lógica de calificar intenciones.

Sería muy largo y odioso calificar a la izquierda más radical y sus cómplices según sus conductas políticas desde a lo menos octubre 2019, y su esfuerzo sistemático por debilitar a las instituciones a cargo de garantizar la seguridad y el orden público, su conducta legislativa y su intento por inhibir al uso de la fuerza privativa del Estado en un Estado de derecho para cumplir sus fines. Para el filósofo  Byung-Chull Han «La esperanza no es lo mismo que el optimismo. No es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo salga».  Tiene sentido entonces, para ofrecer a Chile un camino de esperanza, agotar todos los esfuerzos posibles para articular un encuentro de las fuerzas democráticas que creen en el imperio del Estado de Derecho.

No parece haber espacio para algo distinto a la articulación de la oposición, para abrir paso a una mayoría política y social que sin complejos movilice todos sus esfuerzos y capacidades para restituir la paz, la seguridad y el orden público; al Estado como garante de derechos fundamentales; que reivindique el valor de la democracia republicana, como base de una mejor convivencia colectiva y que renueve las esperanzas en una mayoría que ofrezca estabilidad y una vía de progreso que guíe sus pasos al desarrollo.

El centro político, sí bien debe afirmar su propia identidad, para contribuir al diálogo y la articulación de acuerdos que contribuyan a afirmar la gobernabilidad democrática, debe honrar su compromiso democrático con un sistema articulado de convivencia colectivo, su compromiso con la paz, la solidez institucional y su dedicación a la construcción  de un Estado fuerte capaz de garantizar derechos fundamentales y su compromiso con la estabilidad y la certeza para promover el progreso y el desarrollo. Desde políticas de alianza que estén  por sobre la mera estrategia electoral, que vayan más allá de alguna idea de constituirse en un actor dirimente  o bisagra, sino poner primero a Chile  y promover desde las ideas  una sólida propuesta programática para enfrentar sin complejos ni confusiones  a quienes apostaron por la violencia refundacional, por la pérdida de cohesión social, por el debilitamiento de las instituciones, por inhibir el uso privativo de la fuerza del Estado para garantizar la paz, la seguridad y el orden público, a los que creen en la división y fragmentación del Estado y a los que prefieren la imposición de mayorías circunstanciales por sobre el aporte de la democracia representativa. La alianza de enfrente va desde la DC hasta el PC, el centro no dejará de ser centro, no abdicara en el diálogo y búsqueda de acuerdos, no renunciará  a sus convicciones pero debe establecer una política de alianzas acorde a las encrucijadas de la historia y sus nuevos clivajes. No hay espacio para la confusión solo queda sembrar, recobrar y ofrecer esperanzas a Chile.

* Augusto Parra Ahumada, presidente regional de Amarillos