Hijo de obrero, hijo de gerente

La entrega de resultados de la Prueba de Acceso a la Educación Superior (PAES) revivió la discusión sobre la composición del sistema escolar y las brechas que existen dependiendo del tipo de sostenedor. Un análisis preliminar de los datos confirma que existe una fuerte correlación entre el ingreso socioeconómico y el desempeño de los alumnos. El diagnóstico (o creencia) era que este problema (la desigualdad de origen) se podría corregir desde el sistema escolar, puntualmente eliminando la posibilidad de que los establecimientos seleccionaran a los mejores alumnos. Fue así como la ley de Inclusión, promulgada en 2015, prohibió la selección a los establecimientos escolares en la enseñanza media (en básica ya estaba prohibida). 

Luego, y con el objetivo de “mezclar” a los alumnos, el gobierno diseñó un sistema único de postulación (SAE), que privilegia la vulnerabilidad como principal variable para otorgar cupos al sistema escolar. Miles de familias que antes estudiaban (obligadas) en el sistema público migraron gracias al SAE a establecimientos particulares subvencionados, tanto así, que en la región del Biobío ocho de los diez colegios con mayor demanda son de este tipo (los otros dos son liceos bicentenarios).

El sueño era que el hijo del obrero estudiara con el hijo del gerente (así lo relató Alberto Mayol hace varios años en un debate en el Saint George’s College) ¿se cumplió el sueño? ¿funcionó el efecto par? Medir las consecuencias del efecto par tiene dos complicaciones bien conocidas en la literatura, la primera, la omisión de variables, y la segunda, la simultaneidad; esto, porque la influencia es recíproca: si la relación es solo entre dos amigos, el efecto no es solo bidireccional (entre A y B, y viceversa), sino que también afecta de B a C y de C a A. Sin embargo, el principal problema del efecto par es que funciona hacia arriba y hacia abajo. 

Me explico. Si usted mezcla a 20 estudiantes talentosos con alto capital cultural, con 10 estudiantes vulnerables y con bajo capital cultural, lo más probable es que estos últimos sean positivamente influenciados por el grupo más numeroso. Por otro lado, si usted junta 15 del primer grupo con 15 del segundo, es muy probable que el primer grupo sea negativamente influenciado por el segundo (Schwartz,2012). Lo que hizo la ley de inclusión fue mezclar a estudiantes del mundo público con estudiantes del mundo particular subvencionado, dejando fuera al mundo particular pagado, que es donde estudian los alumnos más aventajados y de mayor capital cultural. 

La fuga de matrícula desde establecimientos públicos se ha consolidado gracias a esta ley, misma ley que ha obstaculizado el crecimiento y expansión del mundo particular subvencionado (Sapelli, 2023). Difícilmente los responsables de este diseño institucional harán alguna autocrítica ¿Cómo se explica que habiendo aumentado en un 60% (real) el gasto en educación en los últimos 11 años, haya resultados tan mediocres? ¿Por qué dentro del ranking de los 20 colegios de mayor desempeño en la PAES no hay ningún establecimiento público? ¿Cómo afectó la ley de la inclusión y la prohibición de seleccionar a los liceos emblemáticos? Preguntas necesarias para resolver una crisis sin control, a cuyas consecuencias no se le toma el peso. 

* Fernando Peña Rivera, director de Administración Pública, Universidad San Sebastián