Mysterium  Trinitate

Por Fernando Rocha Pavés

La confesión del cristianismo en un Dios uno y trino provoca no pocas dificultades en su comprensión, habituado que estamos a la experiencia de los sentidos. ¿Un sólo Dios y tres personas? No obstante que la creencia en Dios necesariamente es articulada por la fe, siguiendo a San Pedro, “se debe dar razón de esa fe”, esto es, analizar las categorías esenciales que permitan la comprensión de ese Dios cristiano que se revela en una sustancia divina y tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Esta confesión cristiana de un Dios en tres personas no es un dato agregado a una concepción general de religión resultante de la reflexión de los primeros cristianos o de los teólogos posteriores. Por el contrario, es la formulación que pretende decir la verdad definitiva y universal sobre Dios. De manera que la confesión trinitaria es el resumen y la suma de todo el misterio cristiano (Kasper).

La unidad y unicidad de Dios.

La cuestión de la unidad significa indivisión en sí y diferencia frente a lo otro. Pero, a su vez, le da sentido a la multiplicidad para que ésta no se nos aparezca como mera dispersión. Las interrogantes que se peraltan son si hay tal unidad por sobre la multiplicidad que abarque a todas las realidades y concebir una unidad sin pluralidad. Simultáneamente, admitir que de esa unidad emane la pluralidad.

El pensamiento neoplatónico concibió la unidad como la primera y superior realidad y que constituye, con propiedad, la sustancia. Mas esta sustancia no expresa el conjunto de las realidades en una suerte de unidad orgánica de ellas. La unidad es anterior a todos los seres en una doble condición: ser comienzo y fundamento de todo ser. Lo unoes, por tanto, la fuente de toda emanación, un ser ya hecho del que nace todo; pero los seres distintos que origina no son desarrollos inesperados o azarosos de una semilla, sino derivaciones de un principio que contiene ya cuanto ha de ser en el curso de su desenvolvimiento. Es decir, los seres son imagen de esa unidad que es a la vez base y culminación.

Tomás de Aquino, si bien señala que la unidad algo agrega al ser, de manera que el decir este ser es uno no es una tautología, lo señala en tanto unidad numérica. Respecto a Dios, la unidad es referencia metafísica, pues Dios es uno por su simplicidad, por su infinita perfección, no estando dividido ni en acto ni en potencia. 

Es necesario precisar que para el cristianismo la unidad y unicidad de Dios no es una cuestión apriorística, resultante del conocimiento natural del ser humano, sino la consecuencia a posteriori de la revelación histórica de la propia divinidad. En definitiva, es una cuestión que se desarrolla en el ámbito de la fe.

Las reflexiones de los primeros padres de la Iglesia indicaban que en la sola formulación del concepto de Dios radicaba ya su carácter único y exclusivo. La existencia de otro dios supondría la existencia en uno de algo faltante en el otro (o viceversa) que los distinguiría, significando esto imperfección y limitaciones entre sí. Sin embargo, la unidad a que se hace referencia constituye algo más que una cuestión numérica. También lo es cualitativamente. Dios no sólo es unus sino también unicus, que excluye a todo otro dios. 

La unidad y unicidad de Dios supone la simplicidad absoluta, lo que a su vez descarta o excluye la materialidad que, por definición, es cuantitativa e implica multiplicidad. 

La relación

El término relación es crucial. La distinción real de las personas entre sí, según la teología medieval influida por Agustín, diferencia a las personas por sus relaciones entre sí. Esto es, las personas divinas son relativas unas a otras

Con la idea de relación se pretende exponer que el Dios uno y trino es vida, vitalidad suprema, plenitud y unidad vital: cada persona se entrega por completo a la otra, vive para la otra, se constituye por la otra, ya que existe como persona precisamente en la relación con otra persona. Esto lleva al desarrollo del concepto de pericoresis como expresión de la intercesión de las tres personas que se sustenta principalmente en textos de San Juan: “Yo y el Padre somos una misma cosa” (Jn 10, 30). Y el propio Jesús señala: “El Padre está en mí y yo estoy en el Padre” (Jn 10, 38; 14, 9.11; 17, 21). Y luego, “Felipe, quien me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14, 9). En líneas generales, en definitiva, se puede decir que la teología latina deduce de la pericoresis la unidad vital desde la   unidad de las tres personas.

Para el cristianismo, el enigma de lo humano radica en la imposibilidad de realizar su más auténtica y originaria posibilidad: su divinización, participando en el modo de ser de Dios. Por más cualidades que el ser humano se precie tener, que lo sitúan en un elevado plano por sobre el resto de la creación –afirma el cristianismo- está desprovisto de la aptitud de traspasar por su propio pie su frontera ontológica. Creando al ser humano Dios ha querido crear un ser finito, pero llamado a la infinitud, esto es, lo ha creado con el único propósito de ser Él quien colme esa finitud, con la sola intención de reservarse para sí la plenificación de su déficit, haciendo saltar las barreras de su limitación. Lo que el ser humano es por naturaleza, se trascenderá hacia lo que debe ser, en definitiva, por gracia de la propia y sola divinidad… Trinitaria.