Tiempo frente a la pantalla y su impacto en el desarrollo del lenguaje

“No, no te preocupes. Pásale mi celular, así queda tranquilo un rato”. Esta frase no es nueva, no es ciencia ficción, se escucha a diario en los hogares chilenos. Pero, ¿es inocuo el efecto de las pantallas en el desarrollo cognitivo? En definitiva, ¿cuánto es el precio que estamos dispuestos a pagar por unas horas de tranquilidad? Y es que de adultos ya hemos desarrollado una cierta madurez cognitiva; por tanto, si hay algo de remanente en el desarrollo cognitivo, éste también se verá afectado, pero la “obra gruesa” ya está desarrollada. Así, nuestra esponja ya absorbió todo lo que alcanzó a desarrollar. Distinto es el caso de los niños que se encuentran precisamente en pleno desarrollo de su capacidad, dónde su “esponja” está precisamente absorbiendo. De hecho, es antes de los 24 meses de vida dónde se produce la mayor maduración neurológica en nuestro desarrollo. Y así, crecientemente, hasta los primeros 6 años. No obstante, es el primer período el de mayor relevancia.

Es que en estos primeros 2 años desarrollamos el lenguaje, la motilidad, las relaciones sociales, la emocionalidad, la resolutividad problemática. En definitiva, sí, estos primeros 730 días de nuestras cortas vidas (hasta ese momento) definirán en gran medida, quiénes seremos. O bien, quiénes somos. Sí seremos un médico, un físico matemático o un gran actor, el futuro tendrá mucho que decir, pero -en estricto rigor- los primeros escalones de dicha escalera se caminarán en base a los estímulos externos que permitan generar la mayor cantidad de conexiones neuronales, aprovechando al máximo la potencialidad de nuestro cerebro en nuestros primeros meses en esta tierra. He ahí el realce e importancia que ha tomado (y que siempre ha tenido) el concepto de la “estimulación temprana”. Podemos decir que si el desarrollo cognitivo es un viaje, la estimulación es la bencina que lo hace posible. Tocar, mirar, oír, degustar, sentir, jugar, permitirán desarrollar nuestra potencialidad. Y ahí está precisamente la dificultad con las pantallas.

Si bien pareciera que representan un gran estímulo, la verdad es que no, no lo son. No son tridimensionales, por ejemplo. Los contenidos únicamente vienen en dos dimensiones, dónde difícilmente será lo mismo ver el video en el que aparece un perro, que estar con un perro real (olerlo, tocarlo, jugar con él) Esto da cuenta, en definitiva, de que dicho estimulo no es bidireccional. Sólo va de la pantalla al receptor, pero el receptor no puede interactuar con dicho objeto inanimado. Dos, tres, cuatro niños se reúnen, y cada uno con una pantalla. ¿Y la interacción entre ellos? No, no sucede. Difícilmente jugarán entre ellos, si ya están teniendo el “tiempo de sus vidas” observando “Pocoyo” en Youtube.

La duda sobre si las pantallas afectan el desarrollo cognitivo no es nueva. Por ello es que se han conducido estudios, como el de Winterstein en 2006, que en definitiva determinó, sobre un universo de 2.000 niños y niñas, de 5 y 6 años, que aquellos que pasaban menos de una hora frente a una pantalla, dibujaban con mayor detalle, frente a aquellos que pasaban 3 o más horas. Y luego vinieron otros, como el de Zimmerman en 2019, que demostró que los menores de 24 y 36 meses que están expuestos a pantallas, puntúan peor a 36 y 60 en los test de desarrollo neurológico. La próxima vez que esté cansado o cansada, y entregue su celular a su toddler, pregúntese cuánto del desarrollo cognitivo de su hijo o hija está dispuesto a entregar para descansar.

* Sandra Vásquez Gajardo, académica de Fonoaudiología, Universidad Andrés Bello (sede Concepción).